sábado, 28 de junio de 2014






 
        OPINIÓN

 

LA FUERZA DE LA PALABRA


Por Teresa Iturriaga Osa

 

        Sigo creyendo a pesar de los tiempos que corren en la fuerza de la palabra como lugar de encuentro entre semejantes y diferentes. Una sociedad democrática se diferencia de cualquier oligarquía en su modo de resolver los conflictos, en sus argumentos para dar sosiego y respuesta a las quejas, opiniones o sentimientos de razón contraria. Por ello, la palabra es una herramienta indispensable en la construcción de una civilización de paz, sin las viejas estrategias del bruto. La palabra establece las bases de una sociedad en la que puede desarrollarse sin freno la cultura. De ahí la importancia de los foros de expresión. Sabemos que comunicarse con los demás es un signo de madurez, aunque muchas veces no nos apetezca salir de la reclusión y hablar con el otro, pero así se vence la gravedad y el autismo que nos enferman poco a poco hasta morir de aislamiento. En ese sentido, utilizar la pluma se convierte en una especie de arte de la esgrima, una técnica en la que todos deberíamos ejercitarnos para ofrecer soluciones. Porque escribir, en definitiva, es luchar con eficacia, como quien tiende "una mano de hierro en guante de terciopelo", nos dicen los maestros orientales.

 

        La libre expresión nos educa en la tolerancia, una escuela de respeto que nos ayuda a aceptar todas las visiones y a no ser absorbidos por un sistema que anula tanto el espíritu crítico como el de consenso. Nos referimos al pasotismo, a la dejadez y al estado de idiotez en el que se sumergen las sociedades occidentales a pasos agigantados. Es el letargo al que nos va llevando la consagración del mito de plástico en una sociedad de consumo donde se valora más la silicona que una buena gimnasia de neuronas. Asistimos, día a día, a un mercado de espectáculos donde los sentimientos cada vez tienen menos cabida y la nada avanza sin fe en lo humano. El escritor Pedro Salinas ya lo expresaba así en el ensayo titulado "El defensor" (1948):


"No habrá ser humano completo, es decir, que se conozca y se dé a conocer, sin un grado avanzado de posesión de su lengua. Porque el individuo se posee a sí mismo, se conoce, expresando lo que lleva dentro, y esa expresión sólo se cumple por medio del lenguaje. Hablar es comprender, y comprenderse es construirse a sí mismo y construir el mundo. A medida que se desenvuelve este razonamiento y se advierte esa fuerza extraordinaria del lenguaje en modelar nuestra misma persona, en formarnos, se aprecia la enorme responsabilidad de una sociedad que deja al individuo en estado de incultura lingüística. En realidad, el hombre que no conoce su lengua vive pobremente, vive a medias, aún menos. ¿No nos causa pena, a veces, oír hablar a alguien que pugna, en vano, por dar con las palabras, que al querer explicarse, es decir, expresarse, vivirse, ante nosotros, avanza a trompicones, dándose golpazos, de impropiedad en impropiedad, y sólo entrega al final una deforme semejanza de lo que hubiese querido decirnos? Esa persona sufre como de una rebaja de su dignidad humana. No nos hiere su deficiencia por vanas razones de bien hablar, por ausencia de formas bellas, por torpeza técnica, no. Nos duele mucho más adentro, nos duele en lo humano; porque ese hombre denota con sus tanteos, sus empujones a ciegas por las nieblas de su oscura conciencia de la lengua, que no llega a ser completamente, que no sabremos nosotros encontrarlo. Hay muchos, muchísimos inválidos del habla, hay muchos cojos, mancos, tullidos de la expresión".


        Por consiguiente, hay que volver a los orígenes. La palabra es nuestro camino de evolución como especie, es lo que nos eleva por encima del reino de las bestias. No lo duden: la palabra es el futuro.

 

 ***

 

Teresa Iturriaga Osa

Doctora en Traducción e Interpretación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. Reside en Canarias desde 1985. Dedicada a la gestión cultural, periodismo, sociología, radio, poesía, relato, ensayo, investigación, traducción. Directora de proyectos interculturales Que suenen las olas (Canarias-Marruecos) y Alar de rosas (España-Honduras). Sus libros: Mi Playa de las Canteras, Juego astral, Revuelto de isleñas, Desvelos, Sobre el andén, Gata en tránsito, Campos Elíseos, En la ciudad sin puertas, DeLirium, El oro de Serendip (L’Or de Serendip ed. francesa), Arden las zarzas y Palabra de Gourmet. Se incluye en varias antologías: Orillas Ajenas, Hilvanes, Fricciones, Ecos II, Doble o nada, París, Mujeres en la Historia I-II-III-IV, Casa de fieras, Madrid en los poetas canarios, Pilpil y mojo, Palabras descalzas, Sexo robótico 2120.

 


jueves, 19 de junio de 2014

 
                      POESÍA
 
           <<Niña y mar>>

 
 
 


        Mira a esa niña adentrarse en el agua.
Pequeño trébol de cuatro hojas,

amazona de espumas cabalgando la marea.
        Por flotador, pulseras al brazo, solo luz.


        Cruza tumbas de aguavivas,
dos peldaños de honda orilla,
un crispado mar con las fauces locas de sal.
        Ella es caricia, le despeina las entrañas a su amigo.


         Y avanza como un abrazo sin miedo,
surfeando una espalda de olas,
sin atender silbatos, temor de hombres, avisos.
        Nada y nada... ahí va... con su madre dentro.



Teresa Iturriaga Osa


Las Palmas de Gran Canaria, junio 2014.






martes, 10 de junio de 2014


“El Patio” Antiques:

la exquisita tienda de Terri Silverstone

 

Por Teresa Iturriaga Osa

 
 
IN MEMORIAM


 

ENTREVISTA



Yo pagaría por estar aquí. La tienda es toda mi vida. Es más importante que cualquier otra cosa en mi vida. Lo paso tan bien... Es como un club. Y, aunque me toque el primer premio de la lotería, voy a continuar aquí, porque si no tengo una actividad, me aburro muchísimo.”



- Terri, si quieres, vamos a empezar nuestra charla recordando un poco los orígenes de esta tienda... Cuéntame cómo llegaste a Canarias y cómo se te ocurrió abrir una tienda de antigüedades en Las Palmas...

- Bueno, yo abrí esta tienda en el mes de octubre del año 1968, pero yo ya llevaba nueve años aquí, porque yo llegué a Las Palmas a finales de 1959. Durante varios años venía a pasar los inviernos, ya que en verano iba a Grecia, tenía un trabajo allí. Volvía aquí hacia el mes de octubre, noviembre... y me quedaba hasta abril o mayo.

- ¿Te quedabas a pasar el invierno para no sufrir el frío de Europa?

- Sí.

- ¿Y empezaste tú sola en el mundo de las antigüedades?

- No, fue con mi amigo Bertrand, un amigo francés que es como si fuera mi hermano. Yo no tenía dinero entonces, así que él puso el dinero y yo el trabajo. Pero a los dos años, le devolví su dinero y me quedé yo sola con la tienda.

- Después de muchos años me parece que has conseguido una lista de buenos clientes.

- Sí, bueno, fue haciéndose muy poco a poco, tardé bastante en formarla, porque los tres o cuatro primeros años tenía que suplementar lo que podía ganar con traducciones y trabajitos, porque...

- No era fácil empezar.

- No. Y además, yo no tenía experiencia y tampoco tenía bastante mercancía, porque para vender bien hay que tener la tienda a tope. Yo cogí la tienda de Nicolás Brusilowski, un amigo, y él me dejó en depósito unas cuantas cosas que le quedaban de su mercancía para liquidar, pero los precios eran exorbitantes. Todo el dinero que gané en la tienda durante varios años lo invertí en más mercancía. Sobre todo, los primeros años traía mercancía de Inglaterra y algo de Turquía, porque en verano, como suplemento, vendía ropa muy original, un poco hippie, pero muy especial, con bordados, etc. Era ropa que no existía aquí, yo fui la primera en traer ese tipo de prendas. En cuanto a los muebles y los cuadros, vendía poco al principio, pero después de cuatro o cinco años, cada vez fue vendiéndose más y yo iba mejorando la calidad también. Luego, empecé a comprar en Francia, en París, y mezclaba entonces los muebles antiguos ingleses con algunos franceses también.

- ¿Y las joyas que se ven aquí?

- Bueno, esto de las joyas es relativamente nuevo, porque los primeros años no vendía joyas. Empecé... pues... hará... diez años más o menos.

- Y proceden de diferentes países, ¿no? Por ejemplo, tienes joyas del Tibet, de Estambul...

- De Nepal también. Cuando yo voy de vacaciones a destinos exóticos, suelo traer cosas de esos lugares.

- Bueno, yo siempre te he dicho que para mí es increíble que viajes sola por esos países donde no conoces prácticamente a nadie y te adentres en territorios donde supongo que tendrás que acceder a las aldeas para contactar y negociar con los artesanos... Cuéntame esa experiencia.

- Bueno, por ejemplo, en la India y en Nepal, la “lingua franca” es el inglés, y como yo soy inglesa...

- ¿Pero eres bien recibida como mujer en esas culturas? ¿No te da un poco de miedo?

- Noooo... al contrario. ¡Todo lo contrario! En los países donde hay budismo, se puede salir a la calle cubierta de joyas a las tres de la madrugada, bueno... en realidad, a las tres de la madrugada no hay nada que hacer en esos países, es para acostarse a las diez y media y levantarse a las seis y media. Allí no hay disipaciones nocturnas, por desgracia... Ja, ja, ja.

- Ya. Pero tú vas tranquila, quiero decir que no hay delincuencia.

- No, también es que voy a sitios pequeños como Katmandu... Bien, es una ciudad grande, pero no pasa nada, en absoluto. Además, siempre voy con dos o tres amigas o con un grupo pequeño. A mí no se me ocurre tener miedo, ni en Estambul tampoco tengo miedo, no.

- Y cuéntame algo de tu último viaje a Nepal, de donde proceden estas joyas. Sé que fue muy interesante para ti en todos los sentidos, ¿contactaste con nuevos artesanos al azar o ya llevabas una ruta preparada?

- Fui con un grupo en un viaje organizado, pero con tiempo libre, y en casi todos los sitios, la gente venía desesperada porque ya no hay turismo, por la situación, que desde hace cuatro años va cada vez peor. Ya casi no hay turismo en Nepal. ¡Sólo quedamos los intrépidos!

- ¡Como tú!

- Sí, claro, sólo los intrépidos siguen yendo allí. Pero ahora está peor aún que cuando fui yo por última vez. Allí la gente se acerca a ti desesperados por vender. Yo nunca regateaba con la gente porque son tan pobres que me parece de mal gusto hacer esas cosas, pero hay gente que sí lo hace y se aprovecha de esa situación. Los precios son tan bajos de cualquier forma... que...

- Ellos trabajan el oficio por vía familiar, se lo enseñaron sus padres, sus abuelos...

- Sí, y en Nepal, lo mismo que en la parte de la India de los Himalayas, hay muchísimos refugiados tibetanos y traen las joyas que pueden como lo único que pueden sacar del país.

- Y en cuanto a los muebles, escritorios, vitrinas, mesitas, etc., ¿vendes muchas antigüedades de este tipo?, ¿cómo está la situación actualmente?

- Los muebles van vendiéndose muy lentamente.

- ¿Tú crees que ha cambiado el gusto de la gente o es por motivos económicos?

- Sí, claro, es por una cuestión económica, porque algunas personas hablan de “minimalismo”, pero eso no es nuevo, esa tendencia lleva ya siete u ocho años. Además, el “minimalismo” está muy bien si tienes una estatua griega o romana y un picasso, porque entonces no necesitas otra cosa... como mucho una planta... Pero si no tienes esas posibilidades, es mejor poner una atmósfera en tu casa con muchos objetos y cuadros, porque tener “minimalismo” con cosas de Ikea o de El Corte Inglés... psss... no tiene ningún interés.

- Terri, ya casi no quedan anticuarios en Las Palmas, aparte de Guillermo y José Luis y... ¿Hay alguien más? ¿Cuántos sois en total?

- Sí, somos tres los que quedamos. El Encante, Guillermo, que actualmente está cerrado por reformas, y yo. Y... ¡todos nos quejamos! Ja, ja... pero... ¡bien! Bien, porque finalmente logro cubrir los gastos. Yo pagaría por estar aquí. La tienda es toda mi vida. Es más importante que cualquier otra cosa en mi vida. Lo paso tan bien... Es como un club. Y, aunque me toque el primer premio de la lotería, voy a continuar aquí, porque si no tengo una actividad, me aburro muchísimo.

- Sí, sí, eso se nota. Se nota que te apasiona tu trabajo. Y, para terminar, dime cuál será tu próximo viaje, ¿dónde te vas esta vez?

- Uf... me gusta tanto la India... que me gustaría volver otra vez a la India. Pero no sé, tal vez, la India del Sur. O... si no... tal vez Samarcanda y la Ruta de la Seda... Y un día al Japón. Y un día a Australia, también. Ja, ja, ja... Pero esos son viajes muy caros, porque si voy a Australia, por lo menos, voy por un mes, porque cansa mucho, y lo haría en dos partes, además.

- Bien, querida Terri, ha sido un verdadero placer charlar contigo y disfrutar del café de Manolo esta tarde. Y, desde aquí, invito a todos aquellos que aman la belleza a que se pasen un día por la calle Constantino, nº 7, y se atrevan a cruzar el antiguo pórtico de esta preciosa tienda de antigüedades que esconde tesoros como los de los cuentos de “Las mil y una noches”. Orfebrería de Nepal, Estambul, Samarcanda... En fin... La tienda debería llamarse “Tentation Terri...ble”, casi no puedo resistirme al deseo de llevarme todo lo que estoy viendo en las vitrinas. ¡Qué preciosidad!


(Reportaje publicado antes de su fallecimiento hace unos meses. Es un homenaje, un recuerdo a una mujer valiente y creadora. Descanse en paz.)

domingo, 20 de abril de 2014


<<A pecho abierto>>
 
 
 
 

     Atrás la madrugada,
una mariposa batía sus alas
            bajando el río del lamento,
las oscuras acequias aún dormían.
 
      Sin ti, todo era gris.
La mañana te extrañaba. Era tan temprano.
Las mujeres derramaron su perfume.
          Nada encontraba su lugar.

       Hasta las piedras te lloraban.
Pero al caer de las lágrimas, de improviso,
          en un brinco de marismas,
emergió vida y fulgor de castañuelas.

      Eras tú, sí, eras tú,
señor del huerto herido.
          ¿Cómo llamarte con otro nombre?
Tú que velas siempre las semillas.

      Tu espuma de ola ya preside
el cabezal de los enfermos,
la niñez te lanza sus cometas,
                las mareas inundan los pasillos...

      Sonríes con los brazos en alto,
con esa forma tuya de querer a pecho abierto.
         Canta, sigue cantando... que no fue en vano,
esa saeta quebró la tiniebla errante del ocaso.

       Y ahora reina airosa la esperanza,
retumba un jolgorio de abrazos y aves,
en el cielo de los hombres
                  vence el eco de tu grito, se oyen pasos. 
 
 

 
 
(Domingo de Resurrección)

 Poema y fotografías: Teresa Iturriaga Osa 
 

viernes, 28 de marzo de 2014


 

<<Tronco de fe>>





       Un tronco de fe me nació de las manos,

cuatro palomas se posaron en mis pies.

La primera llegó envuelta en cenizas,

la segunda arrullándome el pelo,

la tercera,

               ay, la tercera,

la tercera picoteaba mi piel...





       Migajas de pasado iban saliendo de la ropa,

corrían los verdes cauces de mi vida

entraron allí donde solo yo conozco cerradura

                                                             era mi alma

gritaba entre aullidos de silencio

esa noria de emociones que me invade

los muros las palomas

la tapia del ayer se cayó encima

y por los guijarros salió la más pequeña...




       Sí, era la cuarta paloma,

                                                      ella

la más insignificante de todas,

la más escuálida y fría,

y llevaba en su pico una rama de olivo,

y me la entregó entre sollozos del mañana.

                                                         Miré en el estanque y era yo.


Teresa Iturriaga Osa
(Tx. / Foto)

jueves, 20 de febrero de 2014




DE FILOSOFÍA, AMOR Y VIDA

 
Reflexiones sobre el libro "Pensadoras del Siglo XX", de Iván López Casanova

"Una filosofía de esperanza para el siglo XXI "

 
Por José Félix Sáenz-Marrero Fernández
 




Me hubiese gustado hacer toda una reseña. Pero fue tanto lo que disfruté que mis notas las tomé con el móvil y con el dedo índice echando humo. Magistral descripción por parte del médico cirujano -y ahora escritor, es su primera publicación- de Iván López Casanova sobre su libro "Pensadoras del Siglo XX", subtitulado "Una filosofía de esperanza para el siglo XXI ". Filosofía para no iniciados, mensaje y descripción de cómo adentrarse en una materia tan útil como alentadora en una época de crisis que él mismo asumió parafraseando a Zubiri: "Es tiempo de desfundamentación".

Fueron frases sueltas... retazos del autor, recuerdos del presentador y citas de sus biografiadas. Datos a vuela pluma de su libro y el origen y motivación del mismo.
Me impactaron sus palabras: "Un libro es bueno cuando te sirve para vivir..." Y nos lo demostró, a través de cinco mujeres fundamentales para entender que por medio del sufrimiento es posible... es vital resurgir e hipersensibilizar el alma.
 
El sufrimiento y el dolor te hace apreciar la belleza, la alegría, la esperanza...la vida. "La filosofía es la penumbra de la alegría", dijo María Zambrano, a quien exaltó y de quien tomó esta frase para describir una visión que trasciende y define un manera de entender la esencia misma de la filosofía.
 
"He escrito este libro porque no está escrito". Qué cierto y qué difícil. Expresar algo original, algo propio, un pensamiento madurado. Y con un lenguaje fácil, exacto, lleno de sangre y de solidaridad con los demás seres humanos con los que nos ha tocado convivir... con toda la humanidad. Un compromiso. Una apreciación personal... una aportación... un movimiento cargado empuje.
Libertad y donación, de eso sé mucho últimamente... y las palabras juntas me sorprendieron. Me hizo estremecer la ética que encierran. Los hechos que plasman.

Del premio Príncipe de Asturias Claudio Rodríguez cito este poema. Porque el libro de Iván López acaba como no podía ser menos, en poesía, y empezó en la plástica desgarradora de la descomposición del arte por el ombligo de Europa.

De "Salvación del peligro"
 

"Esta iluminación de la materia,
con su costumbre y con su armonía,
con sol madurador,
con el toque sin calma de mi pulso,
cuando el aire entra a fondo
en la ansiedad del tacto de mis manos
que tocan sin recelo,
con la alegría del conocimiento,
esta pared sin grietas,
y la puerta maligna, rezumando,
nunca cerrada,
cuando se va la juventud, y con ella la luz,
salvan mi deuda. "

Sí, es una deuda contraída y asumida. Como la asumieron con su pensamiento y su vida estas cinco mujeres.

López citó a Carlos Javier Morales tan cercano...

De su "Este amor y este fuego" rescato sus versos con todo mi entendimiento:
 
"Le daba miedo el mar: como los niños,
quería tocarlo todo y se inquietaba
al ver el horizonte siempre lejos.
Le faltaba la luz y el aire y el sonido.
Buscaba a Dios por todas las esquinas."

A mí me daba miedo...

"El hombre no es lo que piensa...es lo que ama". Y con el corazón en la mano... como lo supieron hacer ellas  y otras muchas pensadoras olvidadas en el pasado siglo... el espíritu de comunicación se vuelve intenso y salvador. Se revuelve con fuerza en medio de un espíritu optimista y es una contribución a salir de esta vorágine de pobreza espiritual... la peor pobreza del hombre. La que nos ata a lo banal, lo intranscendente .

Gracias Iván López por esa cirugía de mi conciencia. Gracias Jorge Calamita por esa presentación acogedora.

Gracias TUSANTACRUZ.
 
 

sábado, 11 de enero de 2014

 
M.A.R. EDITOR
Antología de relatos sobre grandes mujeres

Rosas rojas para María Walewska

Teresa Iturriaga Osa
 


 
I


Cerca del mar, una sombra de navío, las olas rugen en su lecho desposado. Ya se acerca el día. Afuera del corazón, resuena el murmullo de la lluvia, los charcos le sirven de espejo. A veces, el viento espolea sus recuerdos sobre el horizonte de Elba, donde su voz se vuelve ahogo como el eco de un fantasma. El Augusto Emperador también sufre y grita: ¡Ven!

Napoleón cabalgaba y cabalgaba sobre el suelo de la isla, dejando a su paso una estela de pasiones sin tregua, allá entre los bosques, soñaba con su perdida grandeza... Bebía el agua de las fuentes con su caballo, descendía hasta los viñedos a probar el sabor de las uvas maduras bajo un sol toscano que le servía de corona. Hombre de impulsos, no pensaba demasiado las cosas que le robaban el corazón de improviso, así se encaprichó de María Walewska desde el primer instante en que la vio, y con otra flecha de cupido, se enamoró de la Villa San Martino aquella tarde de mayo que se encontró por azar con su nido de amor.

Guardaba celosamente sus notas ardorosas en el secreter dorado de estilo francés de su despacho. ¿Cuántas carpetas de distintos colores tenía el emperador? Un color para cada amante, un color para cada ambición... Napoleón era uno en su afán de poder absoluto y múltiple en sus deseos, desde los más tiernos a los más oscuros... Cada carpeta escondía una flor, un aroma distinto y fugaz según la especie, sin embargo, la de la Condesa Walewska era la más discreta, apenas dejaba sentir su olor. Era una rosa de color desvaído que disimulaba la intensidad del incendio que le consumía. En el exterior podía leerse un título: “La rosa roja de la carroza”. Era la carpeta más ardiente, la que removía sus cimientos y descomponía en silencio sus estrategias de conquista.

 
Y sí, la esperaba con angustia. Llevaba meses anhelando su visita al exilio. Inquieto, preparaba su llegada como un adolescente que se viste para su primera cita. La llevaría a Marciana, a la Madonna del Monte. Mandaría cambiar todos los ramos de flores del altar mayor, haría traer desde Livorno una flota de rosas rojas que marcarían el camino de ascenso a la ermita desde el pueblo, entrando por el Arco de Lorena, en cada peldaño una flor. María traería en brazos a su hijo Alejandro, subiría hasta la cima como una reina, acompañada de los dos amores de su vida.

 

II

 

El emperador guardaba una carta que María le había escrito desde su casa de Polonia, donde vivía encerrada con su hijo. La releía a todas horas recostado en su cama, sentado en la sombra del jardín, en su despacho, en la bañera... La llevaba dentro del bolsillo interior de su casaca, muy cerca, incrustada en su corazón.


 
Amor mío:

 
Hace días que sueño que me esperas en Villa San Martino con los portones abiertos. Desde que partiste, en mi casa creció una presa de silencio, un gran hueco, un vacío bajo un ala de paloma, una brisa loca de tormento y de delicia, un lienzo blanco donde pintarme los labios de deseos y celos a bocajarro, un lugar donde esculpir mis palabras hechas papilla, meterlas en un frasco de hielo azul, y después bañarme con esa desproporción numérica en tu boca todas las tardes, cuando en tu horizonte apenas se divise un señuelo de navío. Un inmenso abandono me penetra, pero no pierdo la esperanza, huelo tu nombre, lo acerco en arrebato hasta mi garganta, lo anudo a mi pelo con tu esencia de madera, el color magenta y resistente de tus pensamientos sin intermitencias... y así, amado mío, hay aroma en esta espera. En esas horas tristes del día y la noche, cuando los muertos abandonan a los vivos, solo me queda tu luz en el regazo.


Tengo el bolso de mi piel abierto... en un impacto, como un huracán enloquecido y, sin remedio, te lo llevaste todo de un tirón. Con dos luces desbocaste el río del deseo, mis ardillas brincaron de árbol en árbol, y las hormigas... las hormigas me asaltaron con tus arengas los reductos más prohibidos... Y esos barcos con sus velas desplegadas fueron convirtiéndome en princesa.

 
Desvistiéndome despacio, muy despacio... las trufas de mi encaje asomaron al paso de tu celo. Tomaste con tus manos las medidas de mi talle, armador valiente de mi mundo femenino, rebuscaste entre tus viejos aparejos nuevos broches para mi lencería. Un beso tras otro, rubricaste mis espacios mientras sostienes hilvanado mi vestido con el aliento preparado, a un gesto, a un leve llamado de mis dedos. Ellos te avisarán del oleaje húmedo y mojado de mi sed de ti. Yo te cubriré con un velo de abrazos, miles de gaviotas, tus hermanas las abejas, esponjas cantarinas, delfines, estrellas de mar y demás parientes del coral. Y cuando me reúna contigo en la isla, te coronaré como a Poseidón en su carroza con la espuma de mis versos, que son la verdad más pura de mi piel y de mi alma.

 
Napoleón... no estás solo, espérame... Hay manos acariciándote en el tiempo del no saber.


Un beso de tu hijo y de tu siempre fiel

 
María


 
III



Aquel junio de 1814, Napoleón dirigió una actividad frenética en la rehabilitación de la Villa San Martino, que sería su casa de campo. Ya empezaba a hacer calor y estaba cansado de la vida en la Palazzina dei Mulini, donde tenía una magnífica vista sobre el mar, pero no podía disfrutar de sus paseos a caballo por la campiña elbana. Además, todo tenía que estar preparado para la hipotética visita de su esposa María Luisa o de su joven amada. Ya tenía experiencia en agilizar las obras de recreación del ambiente de la corte, pues unos meses antes había transformado su residencia de Portoferraio en un palacio al más puro estilo francés para su madre y su hermana Paulina, acostumbradas a la vida de una ilustre familia. Buscaba esa misma atmósfera refinada para la residencia estival durante su breve reinado. Dirigía personalmente las reformas de la casona rústica que, tras varias negociaciones con su propietario, el señor Mangamaro, había adquirido por la valiosa suma de 41.539 francos.

En la gran terraza había un gran estanque con nenúfares, juncos, piedras donde tomaban el sol las tortugas, carpas de colores, entretenimientos para que sus mujeres disfrutaran del jardín al pie de su ventana. Además, tenía que supervisar la ampliación de las cocinas, la colocación de sus libros en las estanterías y armarios de la biblioteca, la galería con su colección de cuadros, el baño principal -con una gran bañera central y sus accesorios para la toilette-, la sala egipcia con los recuerdos de sus campañas, paredes recubiertas de papiros, inscripciones jeroglíficas y esotéricas, pinturas de constelaciones, signos zodiacales, y una curiosa lámpara de forma pentagonal. En el dormitorio que había preparado para su aristocrática esposa María Luisa de Habsburgo-Lorena, un reloj de arena marcaba las horas, pero él sabía que desgranaba los minutos que faltaban para la llegada de su verdadero amor, María Walewska.

Desde los campos iban llegando árboles y plantas ornamentales que los jardineros iban depositando en un gran invernadero cerca de las caballerizas, en un pabellón anexo al edificio principal, donde había ordenado pintar unos frescos y bustos de caballos en la fachada.

 

IV

 

Los lugareños habían dejado correr un rumor... Se decía que en un caserío cercano, Napoleón conoció a Sbarra, la hija de un terrateniente. Sus orígenes criollos le daban un aire distinto, exótico y deseable... Era preciosa. No se parecía a las mujeres de los campos de Elba, brillante y muy sensible, destacaba por su ingenio. Lo cierto es que iba muchos días a su hacienda. Su belleza morena le recordaba a su primer amor, una chica de Colombier. Sin embargo, él tenía mucha experiencia a sus espaldas y no quería enamorarse... Sabía que, tarde o temprano, aquel amor enfrentaría sus intereses, así que decidió casarla. Le regaló una buena dote para que se uniera en matrimonio a un hombre a quien ayudó a obtener una buena posición.

 
Aquella mañana, después de dos días de encierro pasional en los aposentos de la Villa San Martino, el gran general y su joven amante María Walewska salieron a pasear a caballo por el bosque. Y después de cabalgar durante un rato, llegaron a la playa de Lacona, allí desmontaron para estirar las piernas con la vista puesta en la isla de Montecristo.

 
  • Una de mis doncellas ha escuchado un rumor sobre tu amante criolla, ¿qué hay de cierto, amor? Dime la verdad, sabes que prefiero saberlo.
  • No, María, no es verdad, son cosas de la gente aldeana, siempre inventando leyendas...
  • Conociendo tu debilidad por las mujeres, no me extrañaría nada.
  • Te he dicho que no. No hay nada entre esa joven y yo, además, va a desposarse.
  • A ti nunca te importaron los maridos... acuérdate del Conde Walewski, no paraste hasta que me arrancaste de sus brazos... y me metiste en tu cama.
  • Cierto, tu rapto me excitó más que ganar una batalla, mi mejor águila imperial.
  • Qué frívolo eres...
  • Aún conservo en mi carpeta una de las rosas que te regalé cuando te vi por primera vez en Varsovia. ¿Recuerdas? Detuve la comitiva para ofrecerte el ramo entero de rosas rojas de la carroza ante la cara de estupor de tu anciano marido, mientras me jaleaba la multitud. Fue maravilloso. Nunca lo olvidaré. María, créeme... te amo. Y aprecio a esa joven con la ternura de un padre que se pasa las tardes con su hija comiendo cerezas en el jardín, nada más.
  • No te creo. Siempre, y te repito, siempre, he estado a la sombra de tus esposas. Y para tu grandeza, yo me sacrifico, pero no soportaría que me mintieras con tus deslices... No sería la primera vez.
  • María...
  • Para ti todo es muy fácil porque tú no has perdido nada por estar conmigo, pero yo sí.
  • Eso no es cierto. En Polonia te trataron como a una reina.
  • Todo mentira... falsa apariencia... miedo al Augusto Emperador.
  • Mi corazón es tuyo, ven, bésame, María...
  • No, ¡no soporto tanta oscuridad! ¡Escúchame de una vez! ¡Ya no puedo más!
  • Habla.
  • He sido la más fiel de tus amantes, te lo he dado todo, y ahora camino por las calles y me gritan: “¡Ahí va la putita del Emperador! La Condesa Walewska es la comidilla de media Europa, soy “la puta polaca”, y así pasaré a la Historia. Una ramera y un bastardo. Ésa es la herencia que nos dejas a mí y a tu hijo.
  • María, por favor, ¿pero cómo puedes dudar de mi gran amor? El día que supe que estabas embarazada fui el hombre más dichoso. No dudé ni un instante que ese hijo era mío, mi primogénito. Hasta entonces, me creía estéril porque nunca pude tenerlos con Josefina. Sois lo más maravilloso y verdadero de mi vida, lo único que no he querido comprar a cambio de poder.
  • Eres tan egoísta... No te das cuenta de que por ti vivo escondida, y de vez en cuando soy tu descanso de guerrero... pero, vencedor o derrotado, yo siempre estoy a tu lado... y estoy enferma, ¿no lo ves? Ya no tengo dignidad, todo esto me supera...

 

Esas últimas palabras resonaron en el pecho de Napoleón cuando la vio marchar, tenía que abandonar la isla en cuarenta y ocho horas, un tiempo prudencial para que nadie se enterara de su visita y llegara a oídos de su esposa María Luisa en la corte austríaca. Aquella tarde triste y trágica, en medio de un mar embravecido, Napoleón vio desaparecer el navío de la Condesa Walewska desde la colina del Forte Stella mientras gritaba desesperadamente su nombre al viento y pensaba: “Ahí va la mujer que más me ha querido.”


 

***