miércoles, 12 de septiembre de 2018





El violín y el oboe


"El violín no es el oboe; uno es pasión
y el otro es sabiduría."

(Yves Bonnefoy)




Había una vez un oboe que descansaba en solitario bajo la sombra de un gran árbol cuando, de pronto, oyó los gritos de un loco violinista que bailaba sobre un tejado. Sin duda, aquel hombre tocaba con tanta alegría que el sonido de su violín llenaba el valle de transparencias mágicas. Pobre y feliz, saltaba por encima de los agujeros del techo de su casa mientras su música sobrevolaba los montes hacia otros mundos invisibles desde las cúpulas del viento.

El oboe se quedó tan fascinado que, desde entonces, no podía olvidar al violín, ¡qué suerte vivir así!, ¡con la energía de un gran soñador! Él, por su parte, vivía cómodamente en un lujoso apartamento de Viena. Todos los días, su dueño lo trataba con mimo y respeto, y en verdad que no tenía ningún motivo para quejarse de nada, todo lo contrario. Al regresar del trabajo, antes de cenar, el hombre se aislaba del ruido de la calle en el gran salón de su casa y tocaba el oboe con fuerte personalidad, intimidad y afecto, arropándolo en silencio. Pero su ritmo era muy diferente al de aquel poema cifrado que el oboe había escuchado en el violín, un enigma hundido en su centro inconsciente, sumergido en un mar de cadencias que escapaba a toda lógica.

El oboe estuvo entretenido en estos y en otros pensamientos difusos durante muchos días… hasta que, finalmente, pensó que… en efecto, todo estaba bien, que los dos eran notas de la vida, eran signos de dos presencias en el mundo, violín y oboe, oboe y violín... Y se tranquilizó. Aunque él siguió soñando cada anochecer con aquella cima de su horizonte (¿dónde?, ¿pero dónde estaría el violín?).

Hasta que un día de primavera se conocieron. Ambos músicos tocaban al aire libre, cada uno por su lado, cuando se levantó un viento cálido que desplazó el sonido y las notas chocaron. Entonces, el oboe escuchó atento. El violín -al igual que él- sólo iba en busca de sí. ¿Serían capaces de seguirse en ese vuelo? Era difícil. Aún así, él quería iniciar un diálogo de palabras intraducibles… pero no sabía cómo. Comprendió que el habla espontánea, incontrolada e irreflexiva de las cuerdas de aquel violín no siempre se adaptaría al espíritu de otro instrumento. Eso le inquietó y se lo dejó notar al violín en la distancia. La respuesta del violín no tardó mucho en llegar: "No hay nada de razonable en mi melodía de loco colibrí, lo sé, pero no puedo evitarlo".

El violín también le dijo al oboe que no podía privarle de la libertad necesaria para respirar, porque sería él, con su voz grave, quien establecería un poso de sosiego en el ensemble musical. En realidad, el violín se sentía un poco solo en tan altas llanuras y quería intentar un descenso, así que le prometió que haría todo lo posible por respetar su espacio. El agitar de sus alas entre las flores también dejaría escuchar el discurrir de las gargantas entre reflejos y sombras. El oboe reflexionó durante unos días y pensó que no debía contradecir las asonancias o las rimas de aquel colibrí si realmente deseaba disfrutar de una sinfonía à deux. Tenía que decidirse y asumió sin remedio que él sería su propio consejero. Y sí, quiso intentarlo. Porque el sonido del oboe, tan viejo como el mundo, le recordó cómo se construye la belleza y la armonía.

Y, desde ese momento, el violín y el oboe hicieron sonar una música en todas las direcciones que se extendió hasta el infinito y que no se detendrá mientras existan dos seres a la espera de encontrarse.

Todo es extraordinariamente diferente en el juego del universo y ésa es la riqueza de cualquier Babel que queramos conquistar. Tal es la moraleja de este cuento.




Teresa Iturriaga Osa

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