jueves, 25 de febrero de 2016


POESÍA
Benditos detalles

Teresa Iturriaga Osa


 
 

        A veces, bastan unos minutos,

unos instantes áureos, plenos. Eso es todo.

        Hasta las garzas de mi playa me saludan al partir,

las muy impertinentes, enjabonadas de libertad.


[Adiós, nos veremos otra vez.]

 
         Y yo escribo como tantas y tantas veces,

                              pero hoy no tengo con qué rellenar

                el hueco de edredón

                         que me deja este silencio.

 
[El tiempo ha sucedido, me dicen.]


        Hablará por mí el poema apretado a la garganta...

y, al anochecer, me vestiré

                      de rojo, negro y gris, entraré en las calles

                                 con el pecho ilustrado de palabras.

 
[La verdad no es un cuento, es lo que es.]

 
        Porque ninguna impostora domina como yo

                    la bendición del detalle,

                    el punto de la cocina,

         los hilvanes de la memoria mimosa del agua.

 
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martes, 23 de febrero de 2016


RESEÑA


Las mil y una (Dikrayát), de Berbel 


Por Teresa Iturriaga Osa


 
 





Después de la oración del alba, mientras nubes de oscuridad se enfrentaban a una ráfaga de enérgica luz, se convocó al visir Dandán a presentarse ante el sultán Shahriyar. Su aplomo se disipó y en su pecho palpitó su corazón de padre. Mientras se vestía balbuceó: “Ahora se cumplirá el destino, tu destino, Sherezade”.

(“Las noches de las mil y una noches”, Naguib Mahfuz)

 






        Al igual que el Nobel de Literatura egipcio Naguib Mahfuz, tiene como punto de partida de su obra el relato de Las mil y una noches, Berbel comienza su poemario Las mil y una como un ajuste de cuentas con Sherezade. Esa mujer maravillosa y tantos otros personajes que poblaron nuestros armarios de niñas soñadoras de leyendas, hoy tienen que escuchar las razones de la autora -sin derecho a réplica-, convertida en una mujer madura que ya está de vuelta de muchas cosas y desmitifica al más pintado de los príncipes azules:

 

Ahora, después de cincuenta y tres años,

cuatro meses

y dieciséis días,

me sobrepongo.

Los años me sirven de coraza

y me hago la fuerte

con las gafas de sol.


        En el poemario conviven varios elementos de la realidad con un tiempo imaginario donde la autora se confronta con el miedo, ese enemigo del ser humano que es la base de todos sus males: “¿No me tienes miedo?/ Ah, yo miro al miedo de frente,/ le hablo de tú a tú,/ y el pánico… me hace mandados”. La poética de Berbel es embajadora de libertad, busca un espacio y un tiempo de reflexión profunda que aproxime al lector a su propia conciencia: “Cuando me desperté/ ya mi conciencia se había levantado/ dos horas antes”. Su idiolecto obedece a un tono satírico, diríamos que hasta jocoso, un estilo canario mordaz, socarrón, inteligente y en proceso de extinción; pero esa docencia lúdica de la autora tiene como principal objetivo instruir al lector en una crítica social que guillotine de una vez por todas los iconos tradicionales del temor, los referentes que la cultura incrustó en nuestras mentes desde la más tierna infancia y que han ido socavando nuestra potencialidad creativa por pura inercia de manada. “¿Dónde estará la bailarina de mis sueños?/ ¿Esperando fundir su vida con la mía?”. Hay que recuperar el valor. La esperanza. Abrirle la jaula al lobo, negociar un buen destino con el genio de la lámpara y dejar de vivir del cuento.


        La autora nos apunta directamente con el dedo: “¿Hace más daño el silencio que la mentira?”. Aquí y ahora, los personajes de los cuentos tradicionales -sus compañeros de juego legendarios: soldaditos, genios, pinochos, piratas- desfilan ante ella y le sirven de excusa para beberse a lametazos la vida. Las mil y una nos trae a la memoria del corazón a todos los amigos y amigas cómplices que se fueron y cuyas cenizas están disueltas en nosotros como el agua en el océano. Simbad, el Principito, Blancanieves, Cenicienta, Caperucita Roja, la abuelita y la madastra… Berbel sabe que no son figuritas de papel, están ahí en los recuerdos. Dikrayát de un tiempo que ahora recrea el lector con el libro, un canal más allá de lo sensible que nos sumerge en otra dimensión, giros en remolino hacia no se sabe dónde. Sus versos libres nos arrojan fuera de la escritura y extienden sus redes por encima, por debajo, tras las huellas de personas de carne y hueso.




        En las matemáticas árabes, el número 1000 representa la infinidad conceptual, por tanto, el nombre "1001 noches" que apareció en la Edad Media expresaba la idea de un número transfinito. Esa huida de la lógica creó la superstición de que si alguien se atrevía a leer la colección entera, perdería la cordura. Correremos ese riesgo acompañando a Berbel en este careo de ladrones para quitarnos de encima los arquetipos, los disfraces de quienes no somos, que han invadido nuestros habitáculos más íntimos desde la niñez. Me viene a la memoria Gibran Khalil Gibran en El loco,donde relata cómo un hombre se volvió loco un día al despertar de un profundo sueño y descubrir que alguien le había robado todas sus máscaras. Entonces, salió corriendo por las calles, buscando a los culpables, mientras la gente lo increpaba; pero cuando alzó su cabeza y dejó que el sol le acariciara el rostro, se dio cuenta de que ya no quería máscaras y bendijo a los ladrones. Gracias a ellos, se había dado cuenta de que le impedían ver la vida bajo el sol, su auténtica existencia. Y en esa locura halló su libertad. Algo así ha hecho Berbel en Las mil y una con los personajes de los cuentos, pidiéndoles que se marcharan de paseo con sus trajes confeccionados a medida. A cierta edad, hay que dejarse de monsergas y besar al sol de tú a tú.


        Parece que Berbel, a través de su alegato contra el miedo y la mentira, quisiera decirnos que las formas están cambiando hacia un futuro más abierto y que la palabra sigue ahí para configurar una nueva realidad conceptual, emocional, sin desequilibrios de género, raza, edad, condición social. Es hora de despertar del engaño y vivir alejada de las patologías de una ratita presumida. Y, como hijos e hijas de nuestra época, la autora nos incita al desafío de un entorno que hoy se abre a la creación de personajes más libres, porque aún “hay sastrecillos valientes que se salen con la suya”. Nada que temer. Habría que recuperar al mago -ausente de la vida cotidiana-, la escoba y la alfombra, vehículos de transporte de las alturas… Hemos hundido las metáforas que revelan la esencia de la imaginación: ¿dónde quedó el vuelo de la fantasía? Berbel denuncia la domesticación del mundo mágico que a duras penas subsiste en el fondo de los libros de cuentos.



        No hay que perder la ilusión, aunque el dinosaurio de Augusto Monterroso no estuviera al despertar en Las mil y una: “Se había marchado./ En un cartel que colgaba/ del pomo de la puerta, rezaba:/ No molesten./ Ya se sabe, hay animales/ que se extinguieron/ en las heladas del olvido/ y otros que se quedaron en la historia/ por el calor del recuerdo”. Quizá los nuevos tiempos, los milagros del siglo XXI, nos abrirán unos ojos QR-code para descubrir que el dinosaurio todavía estaba allí.



***

 
 
 

Las mil y una (Dikrayát), de Berbel, recibió el XIII Premio Internacional de Poesía Ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, 2005.


Fotos /  Creaciones de Berbel de Canarias


http://berbel-canarias.blogspot.com.es/


 



viernes, 19 de febrero de 2016

<<OJO CON ELLAS...>>
 
J. E. Cinto
 
Ojo con Ellas… Andan por ahí, con su atrevido miedo, portando sus cincuenta y tantos años, lindas, leídas, viajadas, sensibles. Ojo con ellas. Vienen de cerrar una puerta con decisión, pero sin olvido. Amaron, construyeron, parieron, cumplieron. Amaron a su hombre, dieron alas a sus crías y ahora, desentumecieron las suyas: ¡ahí estaban!: intactas, brillantes, soberbias, majestuosas, listas para el vuelo: no ya las de un hornero, sí las de una gaviota, soberana y curiosa. Saben de la vida y de tu hambre porque con su cuerpo han sabido saciarlas. Expertas en estupidez y sus matices: se reconocieron inmersas en ella hasta el estupor y soportaron mucha hasta el dolor; sabrás distinguirla, no lo dudes. Versadas en economía, la aplican en el gesto, en el andar y en su exacta sensualidad. Ojo con sus caderas sabias: ya se estiraron y contrajeron, se estremecieron y agitaron. Saben del amor, en todos sus colores, desde el rojo resplandor al mustio gris. Sus piernas fuertes arrastran raíces todavía. Prontas a sentir, van con una vieja canción en los labios, profunda intensidad en la mirada y delicada seguridad en la sonrisa. Pero, si esta advertencia es tardía, y descubres que ya no puedes dejar de pensar en ella, entonces, ten cuidado de ahora en más, no te equivoques, no lo arruines: no les envíes un mensaje de texto, mejor invítala a un café con tiempo; no recurras al e-mail, preferirán sin duda un poema en servilleta. No les hagas promesas, no les vendas imagen, mejor exhibe tu autenticidad más despojada. No caigas, por rellenar, en aturdido ruido vacuo, deja que respire un silencio en común. Vienen de quemar las naves y cambiar comodidad indolente por riesgo vital. Avanzan por un camino incierto, pero elegido. En su cartera, fotos, un perfume y algunas lágrimas. En su mirada, una decisión... Ojo con ellas… tal vez, si tienes suerte, hay una en tu camino.

 
 

martes, 16 de febrero de 2016


 
Revelación


 
 


    La mentira camina

        como una chopa

                                           lentamente

                                                                                                  a su escondite.



          Pero, al final, es una madre

      que se descubre

al parir con dolor

sus huevos de verdad.



         Y sus crías

                                  corren libres,

                                                                      disparadas,

hasta llegar a mí.


 

Teresa Iturriaga Osa
 
 
 
 
Doctora en Traducción e Interpretación por la ULPGC (Canarias, España). Trabaja en periodismo cultural, sociología, radio, poesía, ensayo, relato, traducción. Libros publicados: Mi Playa de las Canteras, Juego astral, Yedra en vuelo, Revuelto de isleñas, Desvelos, Sobre el andén. Gata en tránsito, Campos Elíseos y En la ciudad sin puertas. Se incluye en las antologías: Orillas Ajenas, Hilvanes, Fricciones, Que suenen las olas, Ecos II, Doble o nada, Espirales Poéticas, Madrid en los Poetas Canarios, París y Mujeres en la Historia I-II-III
 
Ilustración / ERTÉ
 
 

miércoles, 13 de enero de 2016


LA ESPIRAL DE GERMAINE

Teresa Iturriaga Osa


 
La mente humana siempre avanza,
pero lo hace en espirales.
(Mme. de Staël)
 
         Al despertar, Madame de Staël escuchó la lluvia en los ventanales de su dormitorio. Creyó que el duermevela la había engañado y que aún se encontraba en Suiza. Se detuvo por un momento a contemplar las copas de los árboles a lo lejos con sus ramas deshojadas al viento frío de la mañana. Las emociones desdoblaban su interior. Y entonces lo vio claro, muy claro. Aquellos últimos meses en su castillo de Coppet, le habían confirmado dónde desbordar un corazón enfermo de melancolía. París sería su último destino, allí pintaría con delicadeza los trazos de su crepúsculo.
         A principios de 1817, la ciudad ardía en sus pasiones a la espera de los primeros brotes de primavera. Hacía más de un año que habían derrotado definitivamente a Napoleón poniendo grilletes sobre sus pies para recluirlo en la lejana prisión de Santa Elena. La baronesa regresaba a la ciudad de la luz tras diez años de destierro con la ilusión de reabrir su famoso salón literario y recuperar el tiempo de las rosas, la antigua vida intelectual parisina que tanto añoraba en Ginebra. El emperador desaparecía del horizonte y con él su amenaza de muerte. Ahora volvería a ser Germaine Necker, la joven inteligente y llena de vitalidad que siempre fue, incluso en los momentos más difíciles de la noche humana.
Buenos días, madre. París nos recibe con lágrimas de gozo. Tal vez te apetezca pasear por Les Champs Elysées-la dulce voz de su hijo Auguste-Louis la tranquilizó.
Nunca me iré de Parísdijo Mme. de Staël con tono grave apretando la mano de su hijo. Ven, acércate. Solo tu sonrisa me mantiene.
Lo séreplicó Auguste. No abandonarás esta casa mientras vivas. Te doy mi palabra.
Hijo... nada podría hacerme más feliz.
          Aquella tarde era la fiesta de inauguración de su salón en París y Mme. de Staël recordaba los gloriosos tiempos de la Rue du Bac antes de su exilio, así como su último verano y otoño en Coppet, cuando consiguió reunir a más de seiscientas personas en su mansión, al borde del Lago Lemán. Los carruajes llegaban sin cesar al château atravesando el arco de entrada hasta un patio central de muros esculpidos con motivos mitológicos. Su fachada blanca, los amplios ventanales, las torres cubiertas de pizarra con originales pináculos, buhardillas y chimeneas, le conferían un aire de orgullo y nobleza. La antigua casona solariega estaba rodeada de bosques y de un jardín donde descansaban los pájaros entre sus ramos de lilas, tilos y abetos. Los rosales salpicaban el camino de entrada al castillo que protegía sus pabellones de los rayos del sol bajo un manto de hiedra. Un escenario en el que solo se oía el murmullo de un riachuelo. Y ahora, por fin de regreso, la flor y nata de París esperaba con máxima curiosidad la reapertura del salón que había sido uno de los centros literarios y políticos más influyentes de Europa. El nuevo salón de Mme. de Staël estaba en el centro de la capital francesa. Su sobrio exterior arquitectónico de corte clásico exento de tracería escondía un espacio interior diseñado con suntuosidad, pero con gusto exquisito. Blancos y negros en muebles, cortinas de tafetán color burdeos, molduras, lámparas, estatuas, porcelanas y cristalería fina se mezclaban con detalles enmarcados en paredes de tonos dorados y revestidas de papel chino. En medio del festejo había ordenanzas, lacayos y sirvientes que atendían a los señores; la cocina bullía en una efervescencia de manjares que iban sirviéndose junto al vino y al champagne mientras la gente conversaba.
 
          Madame de Staël deslumbraba al saludar a las personalidades invitadas. Su porte era imponente y sus gestos más peligrosos que mil palabras. La belleza de una mujer de cincuenta años con todas sus consecuencias. Su exterior y su interior vibrando en las cuerdas de un mismo violín. Llevaba un elegante vestido de seda color púrpura con un escote que causaba la admiración a su paso. El tocado a modo de turbante con plumas de aves del paraíso exhibía su increíble fantasía. Nada parecía sorprenderle salvo la belleza del alma hasta que advirtió la presencia de un oficial que acompañaba a un viejo general amigo de la familia. Entonces, se le acercó, bajó la mirada ante él y, según el protocolo, extendió discretamente su mano con la intención de recibir los respetos propios de su categoría. El joven permanecía absorto. Aquel guante de encaje malva con aroma de rosas turcas le transportó al séptimo cielo. No podía creer que la dama, un enigma viviente para su corta experiencia de amante, pudiera haberse fijado en él. Sus esperanzas le llevaban casi a perder la compostura. La forma que tenía la baronesa de taladrarle los ojos con un simple pestañeo anunciaba los placeres del amor a un buen observador. Su luz tenía el poder del infinito... un misterio devorador inscrito en su pose. Se sentía bajo el influjo de un hechizo.
 
-Señoradijo ofreciéndole la mano, ¿me concedería el honor de este baile?
-Caballero– contestó la baronesa con una voz tenue de fría dignidad, disimulando un vahído por dentro, será un placer.
-El placer es todo mío afirmó el galán con altivez.
-No conozco los nuevos ritmos de París, pero confío en que usted sepa mostrármelos–añadió ella no sin cierta desconfianza, sabiendo que algunos hombres no cambian, tan solo se disfrazan.
 
         Bailaron toda la noche, convirtiendo el ritmo de la conversación en arte, mientras miles de cerebros se agitaban bajo su piel. Eran la comidilla del salón, pero ellos estaban ausentes, en otra dimensión donde nadie podía alterar su estado de gracia. Germaine sabía que la libertad era la única vía posible para obtener la felicidad. No podía dejar pasar el amor, la historia completa que llenaba de sentido la vida de una mujer. A diferencia del hombre, que lo consideraba como un mero episodio. El amor, símbolo de eternidad, barría el sentido del tiempo, hacía olvidar los fracasos, las dudas y los miedos del futuro.

         Un tiempo después, la baronesa recibió los libros de la biblioteca de Coppet en su nuevo domicilio de la Rue Royale. Llegaban con mucho retraso desde su salida de Ginebra en arcones cubiertos con sacos y mantas. De manera que, en un tranquilo atardecer del mes de abril, la baronesa de Staël-Holstein se dispuso a ordenar su tesoro literario con plenitud, envuelta en los gozos del alma. Empezó por los que le habían regalado a la edad de diez años, en compañía de sus padres, al presentarla como una niña prodigio en el salón literario de su casa, donde se reunía la élite de los pensadores ilustrados, artistas y músicos, desde Diderot, D'Alembert, Buffon, Chamfort a Grimm. En aquella época, su madre organizaba muchas fiestas, gracias al poder y la fama de su marido, el financiero suizo Jacques Necker, entonces director del tesoro real y de las finanzas de Luis XV.

        Germaine se tomó su tiempo para revisar que no faltara ninguno, en particular, aquellos por los que había sido acusada de provocar la desobediencia de las mujeres a sus maridos y a los sistemas de control de la República Napoleónica. Diez largos años de destierro a causa de sus ideas de libertad, tolerancia y emancipación contra el discurso imperante masculino. Ahora volvían a tierra francesa sus ensayos malditos. Y también su novela Delphine, editada por toda Europa, en la que defendía el divorcio y la libertad de elección sentimental sobre los convencionalismos sociales y religiosos, el derecho de la mujer a vivir con independencia alzando su voz en la tribuna. Todo ese esfuerzo le costó el castigo de una mala reputación, al ser tratada como un monstruo de la naturaleza, mesalina, hermafrodita, aristócrata sospechosa y, sobre todo, enemiga de Napoleón, que le prohibió acercarse a París, arrojándola al exilio. Si bien es cierto que él la admiraba en silencio por su mente brillante y díscola, aunque fuera mujer. Pues como ella misma afirmó un día, al irrumpir en la habitación del Gran Corso mientras estaba en la bañera: el genio no tiene sexo.
-Vayan llevando los baúles del vestíbulo al salón de los espejos-ordenó la baronesa a sus sirvientes a la vez que observaba una colección de bellas ilustraciones de perros, a los que adoraba por su lealtad.

         Las criadas empezaron a desplegar trapos y plumeros para limpiar el polvo de los cofres, colocando los libros sobre la mesa. Germaine los iba abriendo uno a uno, rememorando los momentos en que conoció a grandes autores que le dedicaron las páginas de su interior. Goethe, Tayllerand, Chateaubriand, Werner, Schlegel, Humboldt, Schiller, Lord Byron, Müller, Matthisson, Sismondi, Monti, Leopardi, Chamisso, Benzoni... y un largo etcétera. Entonces, apareció su hija Albertine y se dispuso a ayudarla cuando ella la detuvo.
 
-Déjame disfrutar a mí sola de este momento de intimidad—le sostuvo la mirada con dulzura mientras acariciaba la cubierta de cuero de Wilhelm Meister, la gran novela de Goethe que le sirvió de guía en sus viajes.
-Como quieras, yo solo intentaba ayudarte. Se te ilumina la cara cuando estás rodeada de libros, madre-añadió sonriendo aquella veinteañera de bucles pelirrojos que un año antes había contraído matrimonio con el duque de Broglie en Pisa, a pesar de ser fruto del amor ilegítimo de la baronesa con Benjamin Constant, su eterno delirio.
-Bien me conoces, hija mía -afirmó entornando los ojos como una vidente, presintiendo su fatal desenlace, que ocurriría el 14 de julio, unos meses más tarde, el mismo día del aniversario de la Toma de la Bastilla.
-Te veo un poco pálida... ¿te encuentras bien? Ese insomnio te está matando...- le interrumpió la joven.
-Me siento un poco indispuesta. Me agotan las recepciones, bailes, tés, cenas de gala, funciones de ópera, teatro, tertulias... pero no te preocupes-le dijo a su hija, que la miraba con preocupación.
-Quizás ese joven tan apuesto del que no te separas haya sobresaltado tu corazón...-su tono cómplice junto a una sonrisa dibujó una expresión de felicidad en Albertine a la espera de la respuesta de su madre.
-Quizás, quizás...-y rieron las dos.

          Al atardecer, Germaine se quedó sola con sus recuerdos en la alcoba y se estremeció como un papel de seda al pasar debajo del paraíso. Todos la rodeaban, pero nadie se cobijaba en su sombra florecida, abanico de mujer fatal. Ahora era dueña de su porvenir. Libre con la vida, con la muerte, con la resurrección de sus miembros, cada mañana de silencio azul. La adversidad y el desprecio le habían enseñado a sentarse a la sombra de sí misma y, en esa soledad abierta por su mitad, solía hablar despacio con la arena rastrillada del sendero, tan descuidada por los años de exilio.

-Rouge, ardent, tendre… vient et souffle sur mon feu sacré...         

 
          Fueron las palabras que pronunció sin avidez al abrir las páginas de su amada novela Corinne o Italia, antes de tomar su dosis diaria de opio y láudano, recostando la cabeza sobre el diván de su ensoñación.

                                                ***      
 
 
Antología "Mujeres en la Historia (3) / La Ilustración", M.A.R. Editor, 2016.   



Teresa Iturriaga Osa
Doctora en Traducción e Interpretación por la ULPGC (Canarias, España). Trabaja en periodismo cultural, sociología, radio, poesía, ensayo, relato, traducción. Libros publicados: Mi Playa de las Canteras, Juego astral, Yedra en vuelo, Revuelto de isleñas, Desvelos, Sobre el andén. Gata en tránsito, Campos Elíseos y En la ciudad sin puertas. Se incluye en las antologías: Orillas Ajenas, Hilvanes, Fricciones, Que suenen las olas, Ecos II, Doble o nada, Espirales Poéticas, Madrid en los Poetas Canarios, París y Mujeres en la Historia I-II-III.

martes, 5 de enero de 2016



Entre el pozo y la luz

Poemas de Teresa Iturriaga Osa


 
 
Glass Trail
 
Un filo de cristal recorre la vida.
 
Abismo de gracia,
desnudo su pecho y descalzo, sonríe.
Lo sigo.
 
El error de la costumbre me recluye,
mata al pájaro de oro,
los ojos con vértigo en el hondón
recitan de memoria
la transparencia del vacío, el pánico.
Viene el gigante y me encarama al muro,
y cómo paraliza.
 
¡No puedo más!,
¡no puedo más!, grita el corazón.
Al instante, la alquimia.
Un ciego en persona gira sus aspas de molino,
guía mi lamento sin temor,
su bondad a duras penas levanta las rodillas,
tiembla el sendero aún vacilante.
 
Sombrero de frente alta,
la flecha del arco vuela. Miel en diana.
 
Coronados de sol, van los caminantes
de luz en luz.
 
 
Cordura alborotada
 
No tengas prisa.
No hay abrazo más intenso
que un silencio de recuerdos,
nuestro esfuerzo compartido.

No articules palabras de perfil,
cógeme de la cintura.
Deja hablar a los ojos en ese hueco de la copa,
vino y cristal aún por llenar.

Pasa por encima de los setos cautos
a pesar de sus espinas,
sigue recto la calle sin asfaltar,
gira la esquina de la angosta cuesta del suspiro,
ataja esas vueltas de cordura alborotada
que encienden la luz sin miedo al pulso,
vértebra a vértebra,
en cuestión de segundos.

Exactamente.
Suma, despega,
abrasa las casas de abril,
bésame de frente.
Siente la humedad y el crepitar del destino
hacia el sol de las alturas.
Plenitud del oído con su cita de hogueras
esta vez, mañana y siempre.
 
 
 
Los ojos del alma
 
Cuando conozca tu alma, pintaré tus ojos. 
(Modigliani)
 
De buena mañana se levanta el pintor,
estira sus manos curiosas,
cubre los ojos de la musa con un velo.
 
Una ausencia de brillo va escarbando
orificios al alma, se hunde en colores pastel,
los bancos de peces bucean en el ser que los habita.
 
Sobre el pincel, dulzura de almendras,
cae una lluvia de formas, ¿tú qué eres?
Remueve la tierra quemada y retorna el encanto.
 
Toca y toca con los dedos, la belleza
se le escapa por el cuello,
deshace el pespunte de su sonrisa.
 
Hurga el árbol del recuerdo.
Aviva la lumbre del lienzo.
Raspando la emoción, llega a la ternura.
 
Rescata el origen.
 
 
En piel de rosa
 
Me he pasado el día
maullando dulce
cada viñeta del jardín.
 
 Asomaba entre la risa
un pétalo de rosa,
dos pétalos, tres.
 
Todos los sentires
reunidos en seda,
arándano hecho piel.
 
Y ahora duerme
una paz ausente
con su pelo recogido.
 
Ya es siempre. 
 
 
Suma imperfecta
 
Un golpe seco de albas luchando
unas contra otras
me despertó del sueño.
El chasquido de mi frente sobre el piso
sintió ecos de látigo,
un ritual de queja y declive,
una almohada de manos cerradas
como arrugas de trenes, vías sin destino.
 
Había pisado cáscaras de certeza
no mías, traduje mal
las palabras escritas a máquina,
la sintaxis de una lengua muerta,
tantos años acostumbrada
al ruido quieto de las sílabas,
temblor de tildes, matemática perfecta
de amor con amor se paga.
 
La madrugada vestida de acero
dobló mi espalda a todas luces.
Rebusqué entre las vendas,
me palpé el cuerpo nudo a nudo.
Tenía que reclamar mi presencia.
Alguien apagó la risa.
Un agravio de grises
me había bautizado imperfecta.
 
 
Condiciones adversas
 
No estoy en las letras,
jirones de mi arrojo, camisas de fuerza 
de endiablada piel mortal.
 
Me aseo en el misterio, 
palpo, amo su líquido avance 
a trompicones, a tornillo.
 
No me pierde el mal madrugador.
Excepto yo, ningún escombro sonríe
a merced del azar.
 
Nada reduce el giro miope de las líneas 
al despeñarse el clima
dentro y fuera de mí.

 
 
Teresa Iturriaga Osa. Doctora en Traducción e Interpretación por la ULPGC (Canarias, España). Trabaja en periodismo cultural, sociología, radio, poesía, ensayo, relato, traducción. Libros publicados: Mi Playa de las Canteras, Juego astral, Yedra en vuelo, Revuelto de isleñas,Desvelos, Sobre el andén. Gata en tránsito,Campos Elíseos y En la ciudad sin puertas. Se incluye en antologías: Orillas Ajenas, Hilvanes, Fricciones, Que suenen las olas, Ecos II, Doble o nada, Espiral I -II-III, Madrid en los Poetas Canarios, París y Mujeres en la Historia I-II.




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