lunes, 12 de octubre de 2015
Palabra, mujer, Palestina. Realizado por Mabele Ediciones. Y el poema "Palestina en mí "
PALESTINA EN MÍ
Begoña Leonardo
He visto a Palestina en la belleza de sus hijos, de sus hijas
en sus cabellos negros, en sus ojos castaños, en su piel morena.
En la digna manera de mostrar su herida
más allá de lo que la vista alcanza.
He visto a Palestina en la callada voz de una mujer sumisa
en la valentía que perfilan sus palabras amordazadas
gargantas prietas, que gritan justicia y libertad.
He visto a Palestina en la pared
en cada pintada, en cada nota, en cada mirada creadora
en cada canción, en cada gesto que alimenta a la esperanza.
He visto a Palestina en las caras renegridas,
amoratadas, magulladas de la miseria.
En un cuerpo que camina con la parsimonia del día a día
en la rutina de quien se sabe muerto.
He visto a Palestina en la respuesta interesada, mezquina
que contenta a la razón imperialista que cerca al mundo.
Mi mundo, tu mundo en guerra.
He visto a Palestina en el polvo de tus zapatos rotos
en tus vestidos raídos,
mangas que dan frío
telas de cicatrices que descubren, un pretérito reciente.
La he soñado en un día sin balas, sin piedras, sin sangre.
Sin mutiladas piernas, sin mutilados brazos.
Levantando la cabeza, interrogando al sol.
He visto a Palestina en los pensamientos que sangran
abuelas que acarician con sonrisas fingidas
aprendidas en el dolor.
He visto a Palestina en tus siete años sin juegos
en los veinte de tus manos toscas
descansando en el refugio de la intemperie.
He visto a Palestina en un padre entre rejas
en un bebé dormido en un pecho sin teta
entre bombas, gritos, sollozos...
amenazas que masticar con el pan del hambre y la pena.
He visto a Palestina en la tierra de las hijas que no vendrán
en el huerto sin la casa
sin la madre que ríe y canta
sin olivos que adivinen
las ruinas de la memoria muerta.
He visto agitar la bandera de la razón sin corazón
al que tiene más poder y no es más fuerte
al que tiene más dinero y no es más rico
al que tiene el agua y no es su dueño.
Y he sentido a Palestina
en su coraje, en su luz, en su resistencia, en su verdad
y en su verso audaz y decidido
que entre escombros torturados golpea el aire,
y respira.
viernes, 2 de octubre de 2015
Maledicencia
Teresa Iturriaga Osa
Una inquisición hambrienta de
niñez
se me metió como el granizo en casa,
empapando errores, culpas sobre mi espalda.
se me metió como el granizo en casa,
empapando errores, culpas sobre mi espalda.
Una palabra tras otra, hurgaron en
corazones sin mácula.
Entonces hablaron los jueces.
Sus líneas rompieron lacres de ignorancia.
Entonces hablaron los jueces.
Sus líneas rompieron lacres de ignorancia.
El reino amarillo se sumió en esa bruma
con tañido espeso...
El otoño a lo lejos desterraba la figura de la infamia
y doce peones doblaron el mantel del silencio.
El otoño a lo lejos desterraba la figura de la infamia
y doce peones doblaron el mantel del silencio.
Ilustración / T.
Iturriaga
lunes, 14 de septiembre de 2015
ATTK edita “En la Ciudad sin puertas”,
una historia de amistad
entre María Dolores
de La Fe y Teresa Iturriaga Osa
EN LA CIUDAD SIN PUERTAS
Colección de relatos
El nuevo libro de ATTK Editores reúne relatos
sobre Las Palmas de Gran Canaria escritos hace unos años por María Dolores de La
Fe y Teresa Iturriaga Osa. Cuenta con un prólogo excepcional del escritor J. J.
Armas Marcelo: "Ahora, este libro que prologo, este libro de cuentos de María Dolores de la Fe
y Teresa Iturriaga me acercan al amor en su lectura. Me
congratulan con la ciudad en la que nací, iluminada e imaginada por esas dos grandes señoras de la escritura literaria. Las dos
fueron amigas hasta el final, hasta la muerte de María Dolores de la Fe, e incluso
después continúan siéndolo a través del
recuerdo y de este libro de relatos que tanto me ilusiona
prologar".
Tengo la inmensa alegría de
anunciar la publicación del ebook "En la ciudad sin puertas" en ATTK Editores.
Un libro de relatos que escribí hace unos años con María Dolores de la Fe y, sin
embargo, no ha podido ver la luz hasta hoy. Nos cerraron muchas puertas al
presentarlo en diferentes instituciones a las que acudimos con la única
intención de regalarlo, pero no tuvimos éxito, aunque nunca desistimos a pesar
de los obstáculos. Por eso, quiero agradecer el esfuerzo y la generosidad de las
personas que han contribuido al nacimiento del libro.
En primer lugar, a toda la familia
de Lola de la Fe, por depositar su confianza en mí para llevar a cabo este
proyecto tras su fallecimiento.
A Guadalupe Martín Santana, editora
de ATTK, por su exquisita sensibilidad y profesionalidad a la hora de abordar
todas las partes del proyecto.
A J. J. Armas Marcelo, que ha
escrito el prólogo con la brillantez característica de su pluma literaria. Paso
a paso, nos revela el auténtico sentido de la obra con palabras dedicadas desde
la maestría y la amistad más sincera. Un escritor de verdad.
A Augusto Vives, por su obra de
portada, reflejo visionario de esa ciudad sin puertas que llora su lluvia de
anhelos.
Brindo por la memoria de Lola de la
Fe y les invito a nuestro sueño. Gracias.
Teresa Iturriaga Osa
Escritora y traductora
***
Foto / Los escritores Juan Jesús Armas Marcelo,
Emilio González Déniz y Teresa Iturriaga Osa
en la Playa de las Canteras, junio 2016.
PRÓLOGO DE J. J. ARMAS MARCELO
Un día cualquiera, a María Dolores de la Fe se
le ocurrió una idea más que genial. Era una ocurrencia escandalosa. Ella
sabía que nadie se la iba a
tomar en serio, pero también
sabía que todo el mundo iba a
leer esa idea y que la gente comentaría lo que ella había
pensado. Y había pensado nada
más y nada menos que
Cristóbal Colón había sido una mujer. Una mujer en la cúspide del mundo. Una mujer entera que se
había escondido bajo el ropaje
de un aventurero que conocía por
intuición como la palma de su
mano el mapa entero del mundo. Sólo que al revés:
viajó con muchos hombres, igual
de aventureros que ella, al fin del universo planetario, a descubrir nuevas
tierras que estaban al otro lado de su rumbo. Bajo el nombre de
Cristóbal, en español, en italiano, en catalán o en portugués, aquella mujer inventada por la escritora
isleña hizo fortuna en la
Historia. Tanta como su ocurrencia en la vida de la
gente.
María Dolores de la Fe no
era sólo una mujer divertida,
ocurrente, simpática y amable.
Tenía un concepto de la vida
lleno de sugerencias, escribía
en los diarios de su tierra y siempre tenía un elemento de optimismo que muchos interpretaban como una
frivolidad, una superficial frivolidad. Estaban equivocados. Lo suyo era humor.
No humor sarcástico, no humor de
combate, de vanguardia, sino humor directo, sin chiste, pero con una fina
ironía propia de una escritora
francesa de entreguerras. Estoy seguro que, de haber nacido y vivido en
París, María Dolores de la Fe
hubiera sido una gran escritora francesa. Pero
nació en un mundo insular que
marginaba a los escritores de entonces, cuanto más a una escritora como ella que, sin
embargo, no tuvo nunca en cuenta los desvaríos y desdenes de su propia gente. Más bien, y siempre lo pensé, no sólo ahora, los perdonaba. Porque había en ella una fuerza humana descomunal que
repartía a todas horas sin
esperar cobrar nada por ese regalo.
Teresa Iturriaga: la conocí de lejos, en la presentación en Las Palmas de Gran Canaria de mi novela
El Niño de Luto y el cocinero del Papa.
Recuerdo que esa presentación
fue un éxito, pero lo que me
quedó hasta hoy, y creo que para
siempre, fue la complicidad de aquella escritora que, al final del acto, se
atrevió a pedirme una cita o
algo así. Para hablar de un
proyecto en el que usted está involucrado, me dijo. Y me llenó de curiosidad. Era escritora. Y traductora. Y muy preocupada
-noté- por las cuestiones
literarias. No había nacido en
Las Palmas de Gran Canaria, pero vivía en la isla desde hacía bastantes años ya y
estaba arraigada en un paisaje que a mí siempre me ha conmovido, hasta hacerlo objeto y título de una de las novelas que estoy
escribiendo: la playa de las Canteras.
Nos hicimos amigos. Hablamos. Conversamos.
Discutimos a veces con pasión,
siempre sobre cuestiones relevantes de la vida. Tiene una vitalidad asombrosa,
que derrota a sus interlocutores por fuerza, razón y estilo. La misma fuerza, razón y estilo que poseen sus textos literarios,
todos los que he leído, incluso
los escritos a contracorriente. Es fundamentalmente poeta, aunque transita con
frecuencia el cuento (que en ella no deja de ser un elemento literario
verdaderamente poético), y tiene
un problema grande: inyecta tanta pasión en su discurso oral como en el escrito. Han pasado ya unos
años de nuestro primer
encuentro, y de todos los demás
está llena nuestra amistad, y la
leo siempre con una curiosidad intelectual que va más allá del interés para
anclarse en la lealtad amistosa, la que dice la verdad aunque no gusta, la que
no miente nunca. Es, además, una
de las mejores lectoras que conozco de mis textos, sobre todo mis
artículos y novelas, y la quiero
tanto que no puedo negarme nunca a sus ocurrencias. Cafés. Tragos. Conversación: lo paso en grande. Y
aprendo.
Ahora, este libro que prologo, este libro de
cuentos de María Dolores de la
Fe y Teresa Iturriaga me acercan
al amor en su lectura. Me congratulan con la ciudad en la que nací, iluminada e imaginada por esas dos grandes
señoras de la escritura
literaria. Las dos fueron amigas hasta el final, hasta la muerte de
María Dolores de la Fe, e
incluso después
continúan siéndolo a través del recuerdo y de este libro de relatos
que tanto me ilusiona prologar. Cierto: María Dolores de la Fe, que murió con muchos años,
conoce el territorio físico que
acaricia con palabras de amor y de humor como si todavía estuviera pisando esa geografía casi siempre huidiza de la isla en la que
vivió. Teresa Iturriaga asume su
papel de advenediza, o eso creo, aunque sabe de memoria que la única patria posible es su propia memoria y
la de los que la rodean con tanto amor. Las dos son atrevidas. Hablo del
atrevimiento encendido del escritor, esa curiosidad que todo los husmea y a todo
le saca segundas y terceras, esas músicas que sólo oyen
los pocos y pocas que atienden a sus propios pasos y se quedan con el eco de sus
pequeñas aventuras para esculpir
después en palabras ordenadas su
mundo literario, el mundo de estos cuentos en los que el lector puede descubrir
tesoros escondidos sólo a la
vista de los que leen con interés intelectual, interés cultural, por encima de protagonismos y de excesos
sociales.
No soy amigo de aplaudir los libros de mis
amigos más cercanos, salvo que
estudie en ellos esa música
oculta que me descubre espejos sagrados que se dibujan para siempre en mi
memoria. Estos relatos de la ciudad son luminosos, poéticos, a ratos humorísticos. No es que se dejen leer, sino que
una vez dentro de cualquiera de ellos es obligatorio leer todos los
demás. Teoría de conjunto: sospecho que el acuerdo para
este proyecto que ahora ve la luz fue total, sin despachos ni empachos
personales. Con la calma y la lealtad que producen la literatura de verdad y la
verdadera amistad.
Me cuentan, aunque yo no lo comparto, que no
hay peor enemiga de una escritora, cualquiera que ella sea, que otra escritora.
Y así sucesivamente. No me
consta, aunque haya casos, raros pero casos, al fin y al cabo. El caso de
María Dolores de la
Fe y de Teresa Iturriaga no es
único en el mundo, pero es uno
de los mejores que conozco. Y conozco, a estas alturas de la vida y de mi mundo,
bastantes casos de lealtad y efectividad.
Vayamos al libro: cada cuento es un
pequeño universo que relata, a
veces con mucha poética interna,
un sentimiento. No puedo decir, luego de leerlo dos veces y media, que uno sea
mejor que otro. Todos me gustan, como si los hubiera escrito yo. Todos me
emocionan. Son relatos que pertenecen al mundo de los afectos y en ese mundo,
tan secreto a veces, sólo mandan
las dos escritores consiguiendo un sincretismo pasmoso al final de la
lectura.
De modo que esta ciudad escrita es una
ciudad de las dos, la arquitectura del relato, cualquiera de ellos, de una y de
otra, está llena de
guiños y respetos, llena de
finura, de una elegancia poco común en mi mundo, el mundo de la literatura en el que me he movido a lo
largo de toda mi vida. Ni la una ni la otra son escritoras académicas de las que aprender como si
leyéramos un catecismo. Hablo de
literatura y eso basta. Hablo de amor por la escritura literaria, que es el
sustento mayor en el que se ajusta cada uno de los relatos, cuyo desarrollo y
final son exactos, traídos a la
escritura en el punto exacto. Personajes, intérpretes, figurantes: nada sobra. Tampoco
ningún paisaje, ningún recuerdo, ningún detalle que aquí
es detalle y no pincelada de tres al cuarto.
Octavio Paz decía, a veces con la boca chica, que el
género literario de la novela
era para gente menor intelectualmente. Lo decía con sarcasmo: fue tan difícil para él que comenzó
escribiendo una novela y terminó
escribiendo uno de los más grandes ensayos del mundo hispánico: El
laberinto de la soledad. Por el contrario,
Hemingway, gran novelista, explicaba que la novela es una pelea que se gana por
puntos, mientras el cuento es un género (otra pelea) que se gana por KO. Y él sabía mucho de boxeo y de relatos: escribió
algunos de los mejores de la literatura universal.
Hemingway, aquel gigante. Henry James decía que para ser escritor de novelas había que tener una voluntad férrea. Tengo para mí
que, tal vez, todos tengan un poco de razón. En cuanto a la afirmación de Henry James, se la atribuyó a los verdaderos escritores: los que nunca
salen de su territorio personal, de su escritura. Los que y las que nunca salen
de la literatura, sino que se pasan toda la vida, con sus trabajos y sus
días, obsesionadas por la
escritura literaria. Y este es el sentido que quería a dar a mis palabras: estamos ante el
libro conjunto y completo de dos escritoras de verdad; una, ya fallecida, se
pasó la vida escribiendo y
recordando. Algunos la dieron por simple costumbrista. Allá ellos; la otra cayó
en las redes de esta manía asombrosa de la escritura literaria, se
fabrica todos los días sus
propios escenarios, escribe viaja, habla, asiste al mundo. Y saca consecuencias
de todo en su literatura, en su vicio de escribir, como decía John Updike: que la literatura, para un
escritor o escritora de verdad, es un vicio que no se quita nunca. Pasen y lean.
Y seguramente me darán la
razón. En todo o en casi todo de
lo que acabo de escribir.
***
El libro puede conseguirse en formato digital en la plataforma Amazon
http://www.amazon.ca/EN-CIUDAD-SIN-PUERTAS-Spanish-ebook/dp/B015BA6X2C/ref=sr_1_fkmr0_1?s=books&ie=UTF8&qid=1442148290&sr=1-1-fkmr0&keywords=en+la+ciudad+sin+puertas+dolores+de+la+fe+y+teresa+iturriaga
http://worldwomenartists.blogspot.com.es/
viernes, 11 de septiembre de 2015
Odiseo a escena
Teresa
Iturriaga Osa
Foto / Maite Del Río
Quieta y soberana como una alhambra cansada,
veo pasar las horas frente a una loza de letras,
una copa me sirve tras el espejo un mar estéril
de dichas,
espías en corimbos apretados
traspasan los límites del azar.
Fuera del agua, el cielo reluce
un alarde de erotismo
que no sobrevivirá ni a la risa de su
esqueleto.
Por eso, me paseo entre pupilas chinas.
Por eso, camino por el puente de bambú... y ahí
me detengo.
Veo que la erosión se ha comido las cuerdas.
Sin cintas bajo mis pies, solo el
abismo.
Voy buscando el sonido del Omphalos,
ritual y tatuaje sumergido
en una cruz de palabras
a un paso del albero, quiero,
sueño,
me bebo a sorbos los recuerdos,
deposito cicatrices en cascada con mi flaqueza
hecha ceniza,
se levantan remolinos, una química
que casi me estalla los órganos del
ser.
Pero he de esperar la hora vibrante
cuando se apagan las luces del teatro
y,
muy lentamente,
desciende la hora bruja a la arena del
mundo.
Entonces, la voz de la sibila toca al viejo Odiseo
y desvela milenramas ocultas en su tierra de
párrafos.
La música sagrada de una nube de silencio cubre
el lugar.
Aparece la faz de un hombre vestido de selva,
cuerpo, voz y pies, herida puesta en escena,
dama, corona que pronuncia en voz
alta.
Y
yo me inclino ante él desde mi ventana ajimezada,
distancia de la fiera que conoce su celo.
jueves, 3 de septiembre de 2015
“Mery Malde, la voz de un ruiseñor”
In memoriam
Teresa Iturriaga Osa

Recuerdo con cariño y admiración a Mery Malde. Conservo en mi memoria la entrevista que le hice en 2005 para el libro Mi playa de las Canteras en el salón de su casa junto a Tino Armas y el libro de poemas que me regaló al despedirse. Con las manos vacías, ilustrado por Felo Monzón en 1975. Una maravilla que traigo al presente porque debería ser rescatada del olvido y reeditada en homenaje a su voz.
Uno a uno, sus poemas acarician imágenes de profundo lirismo con sus posibilidades, sus nudos emocionales, un fragor inconsciente que va pasando de una superficie a otra. De estímulo en estímulo, las percepciones sensoriales se despliegan en nosotros, sus lectores. El poema se hace verdadero cuando vibra en nosotros el misterio como las cuerdas de un violín en comunión musical con otros instrumentos. Y, ciertamente, la poeta Mery Malde consigue una sensación mágica de existencia compartida. Por eso, su escritura deshace entuertos y trasciende la realidad. Habla más allá de las palabras y queda inasible lo que no llegamos a comprender, a captar, a retener. En ella, hay sonidos de otras lenguas sutiles que se mueven en otra dimensión, como ondas que viajan a la velocidad de la luz; esa luz que ahora, liberada de su cuerpo mortal, ya transita.
Escribo aquí sus emocionados versos:
LA HISTORIA
Un día tras la losa
que cubrirá mis restos,
paseante, quien fueses,
se detendrán tus pasos.
Entre curioso y triste
querrás leer la historia
romántica o perversa
en mi corto epitafio.
Deja correr tu mente...
Margarita o Teresa, a tu deseo,
pura y llena de místicos amores
o esclava de placeres del infierno.
¡Hazme la historia
que me negó la vida,
al morirse conmigo
mi secreto!
(Con las manos vacías, p. 53)
Mi más sentido pésame a toda la familia. D.E.P.
Ha fallecido la poeta y artista canaria
Mery Malde
D.E.P.
In memoriam
Entrevista del libro Mi playa de las Canteras
por Teresa Iturriaga Osa
"A mí me inspiran las personas, la vida"
La poeta Mery Malde nació en El Refugio y pasó toda su niñez en Las Canteras. Actuó como primerísima vedette en los escenarios más importantes de Las Palmas de Gran Canaria a principios de los cincuenta, llenando con gran éxito el Teatro Pérez Galdós, el Teatro Cuyás y el Teatro de los Hermanos Millares, en el Puerto. En este último, quiso despedirse del mundo artístico con la revista “Bongó”, con el agradecimiento y el cariño que tuvo siempre al lugar donde había nacido. Entre los premios y reconocimientos que ha recibido, hay que destacar el “Premio Ondas 1979” y recordar que este máximo galardón de la radiodifusión española fue concedido por “unanimidad” al programa radiofónico nocturno “La Voz de los Poetas”, del que Mery Malde formaba parte activa. Alguien dijo de la poeta canaria que siempre que recita, parece que le canta a su Playa de las Canteras, pero yo la escucho ahora y su verso me sangra el alma, algo hay en su profundidad que sobrecoge y, sin embargo, me vacía de dudas. Aquí estoy, atenta, aprendiendo, en frente de esta mujer que es una roca de misterio, amor y fe.
T.- Mery, tú naciste en El Refugio, ¿podrías contarnos algunos recuerdos de tu infancia en Las Canteras?
M. M.- Sí, yo nací en el nº 12 de El Refugio, y siempre estuve en la playa. Una hermana mía en el cuadril y el otro de la mano.
T.- ¿Haciendo de hermana mayor?
M. M.- Yo era los pies y las manos de mi madre.
T.- ¿Eran muchos hermanos?
M. M.- Nosotros éramos cinco. Tres hembras y dos varones. Gracias a Dios, me vive uno.
T.- ¿Y sabías nadar a esa edad?
M. M.- ¡Todo el mundo sabía nadar!
T.- ¿También las niñas sabían nadar?
M. M.- ¡Por subsistencia! (nos reímos) Porque íbamos a la Peña, a la Peña del Pastel... íbamos a La Barra... pero como se lo dijeran a mi madre... mi madre levantaba por el remo, porque aquello no era una mano... mi madre tenía unas manos divinas, pero eran así... Mi padre jamás me puso la mano encima. Mi madre era mi padre y mi madre. Allí quien llevaba el peso de todo era mi madre. Ella era modista, yo vi siempre a mi madre trabajando en la casa. Tenía a los padres con ella, pero ella no decía nunca “tengo a mis padres conmigo”, sino “yo vivo con mis padres”, porque si se lo oye mi abuela, mi madre escupe los dientes.
T.- ¿Y te acuerdas de la Caseta de Galán?
M. M.- Sí.
T.- ¿Cómo era aquel ambiente? ¿Se reunían intelectuales? ¿Qué tipo de personas acudían allí? ¿Iban a pasar la tarde o sólo era los fines de semana?
M. M.- No. Venían los ingleses y se quedaban en la Caseta de Galán. Primero era una parte, no sé decirte exactamente, porque yo era muy pequeñita en ese tiempo, lo que pasa es que tengo una memoria increíble.
T.- ¿Y a qué edad decides ser artista?
M. M.- ¿Cuándo?
T.- Eso te pregunto... ¿dieciséis, diecisiete años?
M. M.- Mamá... quiero ser artista (canturrea)... ¡Yo fui artista desde chica! Mira, a mí me subía mi padre en un bar, en un restaurante grande que se cogía toda una esquina, se llamaba “El Rayo” y me ponía sobre una mesa, mira si era chica. Y yo cantaba tangos, fados, lo que me echaran.
T.- Desde pequeña... ¿cinco o seis años?
M. M.- Oh... de nueve meses rezaba el padre nuestro...
T.- Ja, ja, ja... ¡Eso ya es un chiste!
M. M.- No... ¿Un chiste?
T.- ¿A los nueve meses?
M. M.- Nueve meses.
T.- Entonces es que eras superdotada...
M. M.- Eso digo yo... Yo era una niña prodigio. Pero allí, vamos a suponer que tuviera dos años, dos años y medio tendría yo cuando me subían en la mesa del bar. La gente se “arremoliniaba”, yo soy muy canaria para hablar, y, además, ¡me encanta! No puedo tener acentos ni nada de eso porque hablo en el teatro y hago teatro. Bueno, y me subía allí mi padre. Mi padre. Y tocaba un señor... a ver... eran un laúd, un requinto y una guitarra. Y yo cantaba todas las canciones de moda.
T.- ¿Pero a qué edad debutas en un escenario?
M. M.- Ya cuando yo era una pollita, catorce, quince años...
T.- ¿Y cómo empiezas?, ¿con teatro?
M. M.- No, no... cantando. El teatro fue después. Yo cantaba, bailaba, recitaba, era todo en uno, y era aprovechable. Mi madre me lo decía y yo lo largaba. Me decían: “Pero, mi niña, si tú tienes como nueve números...” Digo: “Sí, mi madre dice que soy aprovechable”...
T.- Eso sería muy importante para ti, el apoyo de tu madre en aquella época...
M. M.- A mi madre, lo que pensaran los demás le resbalaba, total y absolutamente, y, si le resbalaba a mi madre, ¿me iba a importar algo a mí? Yo decía: “Súbete tú y bajas desde lo alto, desde arriba hasta el suelo del escenario, sentada en una media luna y agarrada, sólo con la espalda, de una especie de cable, expuesta a morir aplastada como una cuca...” (nos reímos); y cantaba “Again...” (canta en inglés) hasta que llegaba abajo. Bueno, eso fue un éxito... mira que, al llegar la primavera, fueron todas, las que yo hice, verdaderos prodigios. Estoy hablando de puesta en escena, ¿me entiendes?
T.- ¿Y eso era ya en el Teatro Millares?
M. M.- Sí, nosotros, de Las Palmas, es decir, del Cuyás, del Galdós, veníamos al Teatro de los Hermanos Millares. Pero mamá, eso de los cines... no. Eso era variété. Mamá decía “no” y se acabó. Mi madre dijo: “No, ella no se hace profesional, ella no tiene edad de profesionalismo, ella es amateur”. Ahora, pero yo cobraba. Yo era amateur, pero en mi casa hacía falta y si yo hacía tres cosas distintas, me pagaban por tres.
T.- Mery, antes me hablaste de una actuación tuya en Las Canteras, hace unos años, sobre un tabladillo flotante que estaba instalado en medio del mar a la altura de la antigua Casa de Galicia. Dime, en primer lugar, quiero saber cómo llegaste hasta ese tabladillo, ¿nadando o en barca?
M. M.- ¿Eh? ¿Nadando, mi niña...? En una motora, en una falúa. Recitábamos Donina Romero y servidora. Era recitado, yo no canté. Allí estaba el conjunto de María Mérida, ella no estaba, estaba en América. En el conjunto había un chico que cantaba divino y empezó a cantar cosas canarias, después, salí yo. La arena era llena de público.
T.- ¿Eso fue en verano? ¿Para San Juan?
M. M.- No para San Juan, no exactamente, era entre junio, julio, agosto...
T.- ¿De día o de noche?
M. M.- De noche.
T.- ¡Qué bonito!
M. M.- Había de periodistas que tú no tienes una idea... Y a mí se me ocurre... se me ocurre un verso mío y decirlo. El verso se llama “Desafío” y es muy fuerte. Claro, tú no ves un verso mío donde haya ni un encaje ni una flor, eso ni pensarlo. A mí me inspiran las personas, la vida. Yo no puedo escribirte un verso con el encaje y la flor, eso se lo recito a los niños, recito a Bécquer, recito cosas de Rubén Darío, apropiado para que el niño lo oiga, pero... “Desafío” no.
T.- Recita un poco...
M. M.- “Señor, si el mañana no existe y el ayer es silencio... ¿a qué estas ganas de llegar?, ¿y dónde está la meta del sueño? (...) Abrimos los caminos a dentelladas, afilamos las garras del deseo, aplastamos las cabezas que debajo de nosotros tenemos, ¿y luego? Nos quedamos en el aire sin posible asidero. (...) Señor, tú has hecho muchos milagros, según dicen los libros viejos, termina con las muertes despiadadas, con la sed, con el hambre, con el fuego.” Bueno, ése es el final, pero hay más, le digo: “Pues mira, señor... no sé si quiero tu cielo o quiero cambiar hacia abajo, donde a lo mejor encuentro un hueco entre los poderosos, los altivos, lo que tú profetizas, el infierno. Porque estoy cansada de que sean al final los premios, como los niños buenos, que si se portan bien, les dan caramelos”. Y termino: “Porque te juro por ti, que ya es jurar, ¡que pierdes un inquilino para el cielo!” Imagínate tú en ese tiempo. Ahí no hay flores, ahí hay una pregunta que nos hacíamos interiormente todos: ¿Pero esto por qué? ¿Me entiendes?
T.- Eso suena fuerte hasta hoy.
M. M.- Esto mío, hasta en Buenos Aires se dijo.
T.- ¿Y cómo fue la ovación?
M. M.- Aquello fue pitando, dando chillidos desde la playa. Yo recité ése y, después, recité un poema corto que yo hago como “un refresco”. Siempre que digo un poema fuerte, como cuando fui a la cárcel a actuar, yo sé que si les digo “Desafío”, levanta masas, pero entonces digo: “Y ahora, como un refresquito”. Yo este verso se lo hice a un amigo mío que, gracias a Dios, lo curó más que el psiquiatra. Porque lo curó. Y fue verdad.
T.- ¿Y te acuerdas de todo el texto?
M. M.- Claro, se llama “Una semana sin ti”, lo que dura una semana.
T.- Vamos.
M. M.-
El lunes ¡dije que no!
El martes ¡cerré mi puerta!
El miércoles cogí la llave ¡y la boté a la cisterna!
El jueves... bebí mis lágrimas empapadas en la tierra...
El viernes... te llamé a gritos arañando mis caderas...
El sábado... me preparo para recibir... tu ausencia.
Y... el domingo... ¡el domingo se acabó!
¡El domingo es día de fiesta!
T.- Perfecto, Mery, gracias por darnos la oportunidad de conocerte un poco más. Eres excepcional. Hasta siempre.
(Las Palmas de Gran Canaria, Mi Playa de las Canteras, 2005)
T.- Mery, tú naciste en El Refugio, ¿podrías contarnos algunos recuerdos de tu infancia en Las Canteras?
M. M.- Sí, yo nací en el nº 12 de El Refugio, y siempre estuve en la playa. Una hermana mía en el cuadril y el otro de la mano.
T.- ¿Haciendo de hermana mayor?
M. M.- Yo era los pies y las manos de mi madre.
T.- ¿Eran muchos hermanos?
M. M.- Nosotros éramos cinco. Tres hembras y dos varones. Gracias a Dios, me vive uno.
T.- ¿Y sabías nadar a esa edad?
M. M.- ¡Todo el mundo sabía nadar!
T.- ¿También las niñas sabían nadar?
M. M.- ¡Por subsistencia! (nos reímos) Porque íbamos a la Peña, a la Peña del Pastel... íbamos a La Barra... pero como se lo dijeran a mi madre... mi madre levantaba por el remo, porque aquello no era una mano... mi madre tenía unas manos divinas, pero eran así... Mi padre jamás me puso la mano encima. Mi madre era mi padre y mi madre. Allí quien llevaba el peso de todo era mi madre. Ella era modista, yo vi siempre a mi madre trabajando en la casa. Tenía a los padres con ella, pero ella no decía nunca “tengo a mis padres conmigo”, sino “yo vivo con mis padres”, porque si se lo oye mi abuela, mi madre escupe los dientes.
T.- ¿Y te acuerdas de la Caseta de Galán?
M. M.- Sí.
T.- ¿Cómo era aquel ambiente? ¿Se reunían intelectuales? ¿Qué tipo de personas acudían allí? ¿Iban a pasar la tarde o sólo era los fines de semana?
M. M.- No. Venían los ingleses y se quedaban en la Caseta de Galán. Primero era una parte, no sé decirte exactamente, porque yo era muy pequeñita en ese tiempo, lo que pasa es que tengo una memoria increíble.
T.- ¿Y a qué edad decides ser artista?
M. M.- ¿Cuándo?
T.- Eso te pregunto... ¿dieciséis, diecisiete años?
M. M.- Mamá... quiero ser artista (canturrea)... ¡Yo fui artista desde chica! Mira, a mí me subía mi padre en un bar, en un restaurante grande que se cogía toda una esquina, se llamaba “El Rayo” y me ponía sobre una mesa, mira si era chica. Y yo cantaba tangos, fados, lo que me echaran.
T.- Desde pequeña... ¿cinco o seis años?
M. M.- Oh... de nueve meses rezaba el padre nuestro...
T.- Ja, ja, ja... ¡Eso ya es un chiste!
M. M.- No... ¿Un chiste?
T.- ¿A los nueve meses?
M. M.- Nueve meses.
T.- Entonces es que eras superdotada...
M. M.- Eso digo yo... Yo era una niña prodigio. Pero allí, vamos a suponer que tuviera dos años, dos años y medio tendría yo cuando me subían en la mesa del bar. La gente se “arremoliniaba”, yo soy muy canaria para hablar, y, además, ¡me encanta! No puedo tener acentos ni nada de eso porque hablo en el teatro y hago teatro. Bueno, y me subía allí mi padre. Mi padre. Y tocaba un señor... a ver... eran un laúd, un requinto y una guitarra. Y yo cantaba todas las canciones de moda.
T.- ¿Pero a qué edad debutas en un escenario?
M. M.- Ya cuando yo era una pollita, catorce, quince años...
T.- ¿Y cómo empiezas?, ¿con teatro?
M. M.- No, no... cantando. El teatro fue después. Yo cantaba, bailaba, recitaba, era todo en uno, y era aprovechable. Mi madre me lo decía y yo lo largaba. Me decían: “Pero, mi niña, si tú tienes como nueve números...” Digo: “Sí, mi madre dice que soy aprovechable”...
T.- Eso sería muy importante para ti, el apoyo de tu madre en aquella época...
M. M.- A mi madre, lo que pensaran los demás le resbalaba, total y absolutamente, y, si le resbalaba a mi madre, ¿me iba a importar algo a mí? Yo decía: “Súbete tú y bajas desde lo alto, desde arriba hasta el suelo del escenario, sentada en una media luna y agarrada, sólo con la espalda, de una especie de cable, expuesta a morir aplastada como una cuca...” (nos reímos); y cantaba “Again...” (canta en inglés) hasta que llegaba abajo. Bueno, eso fue un éxito... mira que, al llegar la primavera, fueron todas, las que yo hice, verdaderos prodigios. Estoy hablando de puesta en escena, ¿me entiendes?
T.- ¿Y eso era ya en el Teatro Millares?
M. M.- Sí, nosotros, de Las Palmas, es decir, del Cuyás, del Galdós, veníamos al Teatro de los Hermanos Millares. Pero mamá, eso de los cines... no. Eso era variété. Mamá decía “no” y se acabó. Mi madre dijo: “No, ella no se hace profesional, ella no tiene edad de profesionalismo, ella es amateur”. Ahora, pero yo cobraba. Yo era amateur, pero en mi casa hacía falta y si yo hacía tres cosas distintas, me pagaban por tres.
T.- Mery, antes me hablaste de una actuación tuya en Las Canteras, hace unos años, sobre un tabladillo flotante que estaba instalado en medio del mar a la altura de la antigua Casa de Galicia. Dime, en primer lugar, quiero saber cómo llegaste hasta ese tabladillo, ¿nadando o en barca?
M. M.- ¿Eh? ¿Nadando, mi niña...? En una motora, en una falúa. Recitábamos Donina Romero y servidora. Era recitado, yo no canté. Allí estaba el conjunto de María Mérida, ella no estaba, estaba en América. En el conjunto había un chico que cantaba divino y empezó a cantar cosas canarias, después, salí yo. La arena era llena de público.
T.- ¿Eso fue en verano? ¿Para San Juan?
M. M.- No para San Juan, no exactamente, era entre junio, julio, agosto...
T.- ¿De día o de noche?
M. M.- De noche.
T.- ¡Qué bonito!
M. M.- Había de periodistas que tú no tienes una idea... Y a mí se me ocurre... se me ocurre un verso mío y decirlo. El verso se llama “Desafío” y es muy fuerte. Claro, tú no ves un verso mío donde haya ni un encaje ni una flor, eso ni pensarlo. A mí me inspiran las personas, la vida. Yo no puedo escribirte un verso con el encaje y la flor, eso se lo recito a los niños, recito a Bécquer, recito cosas de Rubén Darío, apropiado para que el niño lo oiga, pero... “Desafío” no.
T.- Recita un poco...
M. M.- “Señor, si el mañana no existe y el ayer es silencio... ¿a qué estas ganas de llegar?, ¿y dónde está la meta del sueño? (...) Abrimos los caminos a dentelladas, afilamos las garras del deseo, aplastamos las cabezas que debajo de nosotros tenemos, ¿y luego? Nos quedamos en el aire sin posible asidero. (...) Señor, tú has hecho muchos milagros, según dicen los libros viejos, termina con las muertes despiadadas, con la sed, con el hambre, con el fuego.” Bueno, ése es el final, pero hay más, le digo: “Pues mira, señor... no sé si quiero tu cielo o quiero cambiar hacia abajo, donde a lo mejor encuentro un hueco entre los poderosos, los altivos, lo que tú profetizas, el infierno. Porque estoy cansada de que sean al final los premios, como los niños buenos, que si se portan bien, les dan caramelos”. Y termino: “Porque te juro por ti, que ya es jurar, ¡que pierdes un inquilino para el cielo!” Imagínate tú en ese tiempo. Ahí no hay flores, ahí hay una pregunta que nos hacíamos interiormente todos: ¿Pero esto por qué? ¿Me entiendes?
T.- Eso suena fuerte hasta hoy.
M. M.- Esto mío, hasta en Buenos Aires se dijo.
T.- ¿Y cómo fue la ovación?
M. M.- Aquello fue pitando, dando chillidos desde la playa. Yo recité ése y, después, recité un poema corto que yo hago como “un refresco”. Siempre que digo un poema fuerte, como cuando fui a la cárcel a actuar, yo sé que si les digo “Desafío”, levanta masas, pero entonces digo: “Y ahora, como un refresquito”. Yo este verso se lo hice a un amigo mío que, gracias a Dios, lo curó más que el psiquiatra. Porque lo curó. Y fue verdad.
T.- ¿Y te acuerdas de todo el texto?
M. M.- Claro, se llama “Una semana sin ti”, lo que dura una semana.
T.- Vamos.
M. M.-
El lunes ¡dije que no!
El martes ¡cerré mi puerta!
El miércoles cogí la llave ¡y la boté a la cisterna!
El jueves... bebí mis lágrimas empapadas en la tierra...
El viernes... te llamé a gritos arañando mis caderas...
El sábado... me preparo para recibir... tu ausencia.
Y... el domingo... ¡el domingo se acabó!
¡El domingo es día de fiesta!
T.- Perfecto, Mery, gracias por darnos la oportunidad de conocerte un poco más. Eres excepcional. Hasta siempre.
(Las Palmas de Gran Canaria, Mi Playa de las Canteras, 2005)
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