martes, 1 de agosto de 2017


Llámame Gilda
 
 
 
 
          Se sentía tan joven como antaño, tan enemiga de la rutina, tan torbellino de palabras... Esa mujer nunca se había dado por vencida. A pesar de sus dudas, había saltado sobre las olas del impetuoso océano de la vida. Se miraba en el espejo de sus años, en su ascenso a la esfera de la realidad y sin miedo a la locura. Como en los viejos tiempos, todo era movimiento y vibración. No era sólo la sombra de lo que fue de niña, cuando jugaba sobre el empedrado de las plazas. Estaba recuperando una olvidada sensación. Sus lágrimas brotaron al llegar a Las Siete Calles, eran esencias aéreas, materia primordial de los nombres y de las cosas, musgo de aquello que se inventaba cuando reía en su adolescencia. Cuántos amigos suyos de aquel entonces no se perdieron en el corro de los años... Era hora de recobrar la juventud que aún le latía dentro. Súbitamente, se vio mirando de frente al pasado cuando sintió una mano protectora sobre su hombro. Era la vida regalando sorpresas.
 
                                       Teresa Iturriaga Osa