miércoles, 11 de enero de 2017


Ecce Homo
 
 
        Era un árbol de capa caída, mustio el hombro, en mueca de esfinge, un eccehomo trazado sin pena ni gloria, carne de augurio y arco partido. Pero una mañana llegó a la estación una
mujer de improviso, calzada elegante, se bajó del tren en pleno tránsito de vida, y sus ramas temblaron, se le cayeron los errores por la vía, qué nerviosismo, había abierto las cortinas... ¡Viento, andén y chispa!
 
 
         Pasó corriendo una niña con el pelo enhebrado de copas y el gran reloj derramó burbujas en los manteles mortecinos. Una tras otra, las yemas comenzaron a danzar, abrazaron sus rizos de savia y musgo... Reptaron dragones de tinta por su piel, dibujándole un cuerpo vegetal con mil riachuelos.
Y allí donde había sombra, rugió una boca de luz.
Ese día le crecieron tres tigres en las manos. Dentro de un gran nido de ave, ciegos, tan blancos como el olvido. Cada uno de ellos merodeó la figura femenina. El pequeño la atacó en los pies. Otro olfateó su cintura con un giro travieso. Y el último, el más distante, dio un salto mortal y se encaramó a su nuca como un ágil bombero.
Resbaló por la rampa del ombligo y ella lo escondió bajo su jungla. A ese lo están buscando sus hermanos, han mirado por todas partes, pero de ahí aún no ha salido.
 
Teresa Iturriaga Osa
 
 
 

miércoles, 21 de diciembre de 2016

 
Llovía, caían perlas 
 

Teresa Iturriaga Osa
 
 
 

           Fueron llegando tus postales envueltas en lazos 
rojo satén a cubrirme el escote, 
en dirección al río atrevido, 
alféizar donde asomas tu vértigo de ave.
        Y entre las sombras me tumbé
a pintarme las heridas de azulejo.

        La tarde llovía y llovía, una tras otra caían las perlas, 
el color y esa voz tuya preñada de abismo sigiloso,
el ayer maquillado de poesía, un umbral,
           cristal, humo, el ojo inyectado de amor, 
la música hermana del resplandor y el ruido,
el anochecer interminable del recuerdo.

          Sin ti se ahogaban las luces, barahúnda de sonidos, 
horas del mar acosado, destilando distancias
en mi terraza enferma de fantasía.
Esperé.
             No vacilé.
El alma saturada. 

          Dos albatros en sus juegos de escondite
modulaban el negro intenso del tañido, 
un grito, un gorjeo en su violín. 
Con alas blancas despegaron a otro tiempo... 
no sé por qué les lancé un beso
            y me hablaron de ti.


(Tiempo de Saudade)
 
 

viernes, 16 de diciembre de 2016

 
Cuernos de gacela en el Café Maure
 
Teresa Iturriaga Osa
 
 
 
 
 
Ella no creía en la mala suerte, sino en el deber de afrontar la vida con sus miedos e impotencias… y a pesar de los pesares: “Al toro por los cuernos” (era su lema). Así que introdujo un disco de música en el ordenador para cambiar el tono trágico del paisaje y la estancia se llenó de luz. Vibraba Carlos Cano, vivo, vivito y coleando, las caracolas aún le resonaban en el pecho. Después, su mirada se lanzó al océano de fotones, una zambullida astral, un juego que había aprendido de niña mientras se aburría.
 
Salía del mundo visible sin ser notada, atrás quedaba la apariencia, la pose necesaria para que nadie se diera cuenta de que su verdadero ser ya no estaba. Siempre era al atardecer. Entonces bajaba las calles azules de la kasbah hasta la terraza del Café Maure a tomarse un té a la menta con pastas de almendra y miel. Allí se sentaba tranquilamente a observar la paz de las tinajas. Y sólo cuando cerraban la puerta de Bab El Kébir, ella regresaba a su antigua casa frente al mar.


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viernes, 9 de diciembre de 2016

 
Bodas de luz

 
 Teresa Iturriaga Osa

 

 
 
 
Cuando el atardecer se viste de terciopelo azul y un colorete malva recorre las mejillas de la costa,


desciende la luz por su alfombra nupcial y las almas se pasean en el festín sobre las rocas.


Hace un silencio de estrellas.


Una paz donde se cobijan los peces querubines y los pulpos reposan su hambre voraz.

 
Es la hora en que la noosfera absorbe el pulso del agua, abrazando lo mejor de nosotros.


Todo queda registrado, ya memoria y carne del salitre.


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viernes, 2 de diciembre de 2016

 
Mutaciones

Teresa Iturriaga Osa




 

Ha llovido mucho y recojo los sarmientos de la tierra que se orea a ritmo de latidos.

Ya no me salen las cuentas del campo, habría que podar este invierno del que nadie se cree la floración de las semillas.

Yo me resisto y exploro sus contornos con asombro de niña, sin plancharme las arrugas.

Una videncia hecha de mil colores me anuncia que las yemas no están lejos y que sabremos esperar el tiempo de la hierba.

Sencillamente.

Una tranquila perseverancia trae ventura.
Palabra de I Ching.


(Flashes, 2016)

lunes, 28 de noviembre de 2016

 
 
La primera cereza
 
Teresa Iturriaga Osa
 
 
 
                                                       
Fotos/ María Del Río
 
 
         Me dices que la primera cereza ha explotado por sorpresa ante
tus ojos. Seguramente, ha estado esculpiendo su forma desde
dentro, con un buril de silencio, sin exhibirse en traje de boda
primaveral, así como les gusta a los árboles, que alimentan su carne
vegetal con pequeñas dosis de paz, savia y cielo. Sólo los insectos
bajo el aura naranja del caqui, sólo las fugaces luces de la campiña
elbana conocían su secreto. Rex y nadie más. Y ahora llegas tú,
alborotada de gracia, con ese desparpajo de ser libre que te lleva y
que te trae por los huertos, y embobada, curioseas los troncos con
tu mapa desplegado. Mujer pirata. Deslizas un dedo y se te sube al
hombro el caracol mientras un bostezo de limacos va alfombrando
tu cuerpo. Ahuyentas con palmas el ataque de una hormiga y, loca
a la Toscana, por los brazos le creas una rampa de huida. Oruga a
oruga, despejas la piel del camino. No quieres que nadie dañe a esa
niña bonita, cereza atrevida que desafía la mañana con su brillo,
flamígero espejo en el que tu alma ya se mira.
 
 
 
 
 
Teresa Iturriaga Osa
 
Doctora en Traducción e Interpretación por la ULPGC (Canarias, España). Reside en Las Palmas de Gran Canaria desde 1985. Trabaja en periodismo cultural, sociología, radio, poesía, ensayo, relato, traducción. Ha dirigido proyectos literarios con voces de mujer. Libros: Mi Playa de las Canteras, Juego astral, Yedra en vuelo, Revuelto de isleñas, Desvelos, Sobre el andén, Gata en tránsito, Campos Elíseos, En la ciudad sin puertas y DeLirium. Participación en varias antologías españolas: Orillas Ajenas, Hilvanes, Fricciones, Que suenen las olas, Ecos II, Doble o nada, Espirales Poéticas, Madrid en los Poetas Canarios, París, Mujeres en la Historia I-II-III y Casa de fieras.
 
 
 

miércoles, 23 de noviembre de 2016


SUSPIRO DE LUZ
 
Teresa Iturriaga Osa
 
 
 
 
 
          Hoy, por alguna misteriosa razón,

el príncipe de la calima se ha subido a la escalera

a ver contigo las estrellas.



          Ellas recuerdan claramente

los días en que el mar era feliz

y demoraban la inquietud por las comparsas.

          Una vez dentro,

no solían tentar su calma pintada de añil,

que ya habían hecho propia

en sonrisa plateada.

           Aprendieron así a ahuyentar

el humo pobre del llanto,

la ortografía del bullicio,

y lograron su maestría

a golpe de sal y cebo,                                                 

con un corazón sin rastro.



        Cabalgaron el tiempo sobre los años luz

como un suspiro,

dibujando el nuevo contorno,

vaivén y techo del mundo,

          una memoria de hojas,

cuando las criaturas conocían

cada brizna del suelo.

         Lanzaron sus rayos

y dejaron que instalara allí su casa

esa mariposa nómada

que te llega ahora,

de grandes ojos,

bajo un arco de lunas vestidas de lumbre.

 

       Y, sin embargo,

no había nada que temer.

Cada instante se pertenece a sí mismo.   
 
 
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(Dibujo T. Iturriaga)