viernes, 8 de abril de 2016



El Charcón
 


Teresa Iturriaga Osa
 
 
 
  


        “No esperes encontrar en mí un paño de lágrimas”, le dijo un charco a otro cuando se vieron reflejados en el iris de una grulla.
 
        Se habían conocido gracias a la salpicadura de algún despistado que metió su pie donde no debía. Fue una sorpresa. Un charco de aromas desconocido para uno. Un charco de esencias desconocido para otro. Así que, desde ese día, los dos sabían que estaban muy cerca, tan solo separados por una distancia de dos o tres metros, lo suficiente para no verse ni tocarse en su amante soledad.
 
        Pero amaneció un día de abril, claro y exacto, y algo había en el aire cuando los dos pensaron que, en vez de seguir solos, sería bueno aguantar cualquier tormenta juntos, ya que, por misteriosas razones, alguna marea los había puesto allí, tan cerca el uno del otro, en medio del camino del ímpetu terrestre. También sabían -quizá guiados por un extraño poso de intuición- que seguirían aguantando el chaparrón, atendiendo su juego, hundidos en sus rocas. Aún tendrían que esperar el momento preciso para reconocerse y presentarse como charcos de verdad.
 
         Mientras tanto, pasó el tiempo y, entre sol y tempestad, se hablaron en voz alta durante sus viajes submarinos. Sin mirarse de frente, veinte mil leguas de palabras recorrieron sus mil y una noches, gritaron sus nombres en las nieblas más oscuras para palparse la superficie con sonidos, escucharon la respuesta del gran silencio cuando en un susurro se confesaron los puntos suspensivos escritos en sus auras. Y, en medio de aquel triste exilio, solo los ojos de las aves sedientas les servían de espejo fugaz para escudriñarse sus contornos.
 
        Durante todos esos años soñaron en blanco y negro por separado. Soñaron que algún día, con suerte -un día de lluvia en un cielo azul con arco iris incluido-, les pasaría por encima un enorme tsunami que haría más grande el socavón del arrecife y precipitaría sus líquidos, renovaría todos sus barros. Hasta que un día sucedió. El oleaje surgió de la nada y a su paso abrió tal brecha que el peso de su sueño rompió aguas.
 
        Allí nació el Charcón, una laguna marina serena, sin fronteras, donde sólo las grullas blancas tienen permiso para bañarse y saciar su sed.
 





 

***


Relato del libro "En la ciudad sin puertas", ATTK Ed., 2015.

 
 

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