lunes, 20 de noviembre de 2017


 
Dos, de Santiago Gil.
 
Somos idénticas a ella”: un pacto de aniquilación
 

          En esta novela, Santiago Gil aborda en profundidad la anorexia como una enfermedad que va más allá de un trastorno alimentario. Su pluma corta muchas cabezas de Hidra que renacen con virulencia a medida que avanzamos por el texto. En efecto, Dos insiste en una idea compleja: “El trastorno era la belleza. Todos creían que nos dejábamos morir y nosotras solo buscábamos ser bellas”. Los acontecimientos que se van sucediendo en la vida de la protagonista nos llevan a un análisis de sus relaciones familiares, culturales y sociales, que desembocan en graves alteraciones mentales. Es un recorrido por los factores de riesgo que alimentan la ansiedad, la soledad y el miedo hasta el extremo. Gil nos interpela con su historia y nos pone frente al espejo. Y, una vez dentro del caso clínico, la propia dinámica de la novela va recetando al lector una dieta emocional saludable para prevenirle de una psicopatología con múltiples trastornos de personalidad.

          Hay muchos factores que favorecen el desarrollo de esta enfermedad que aleja al individuo de su centro y construye en su lugar una figura ideal, como les ocurre a las gemelas de Dos, obsesionadas por ser una imagen ficticia de cuento de hadas. “Nosotras queríamos ser princesas”: un lento suicidio que llega a sublimar la muerte. Terrible. Ahora bien, hay que reconocer que nuestra sociedad de consumo tampoco contribuye a crear seres humanos con autocontrol, autoestima y equilibrio. De manera que no es fácil para nadie escapar del comercio de sus redes y, menos aún, para los jóvenes, cautivados por los modelos de belleza en la publicidad, el cine, la música, etc. Y así, como un error sistémico, se va reproduciendo el mito de emulación de los falsos estereotipos sobre la perfección de los cuerpos.
 
          Otro factor de presión sociocultural que confunde a las personas es la búsqueda desesperada del alma gemela fuera de la realidad. Nuestro imaginario colectivo está lleno de mitos y leyendas que justifican esa necesidad de buscar nuestra parte complementaria. Y esa carencia que provoca la dualidad de los opuestos hace que gran parte de la humanidad se pase la vida buscando fuera lo que podría encontrar dentro. Nadie está libre de sufrir las turbulencias psíquicas provocadas por el intento de alcanzar un sueño no resuelto. El bosque narrativo de Dos nos conduce al límite de la anorexia y nos involucra en su caos afectivo para ahondar en los sentimientos y valores que podrían salvarnos de una anemia vital. Cada lector sabrá extrapolar las distintas fases de la novela comparándolas con su experiencia particular y reafirmarse en la madurez de las relaciones, que no son idílicas, tal como quieren hacernos creer las protagonistas. En ningún caso, el amor consiste en aniquilar a una de las partes haciéndose esclavo de la fascinación bajo un pacto de rechazo y silencio; hay que aceptar el cambio entre padres e hijos, amigos, pareja, ideologías.

          Esta novela es un ejercicio de introspección que gira en torno a los progenitores de las gemelas, origen y destino del conflicto. Todo se justifica desde el vacío familiar. Por un lado, Gil resalta el poder simbólico de la madre -también anoréxica-; y, por otro, la ausencia emocional del padre, incapaz de asumir sus responsabilidades. El estado anímico de las dos hermanas es tan demencial que les lleva a convertirse en clones de su madre con el fin de paliar sus carencias afectivas (“Somos idénticas a ella”/”Nunca se fue porque nosotros nos convertimos en ella”), en lugar de potenciar sus identidades y tejer su propio destino.

           Todo el mundo ha experimentado pérdidas en la vida que golpean duramente hasta perder el apetito, el sueño y la capacidad de concentración en actividades laborales o académicas. Por consiguiente, la reflexión literaria es un buen método para defenderse ante la amenaza de la dispersión. De ahí que Santiago Gil ondee su bandera amarilla, avisando a sus lectores del peligro de las relaciones tóxicas que destruyen la libertad personal. Cada ser humano es único e irrepetible. Porque, a pesar de las apariencias, la conocida expresión de la protagonista “Éramos dos gotas de agua” es científicamente falsa y me explico. Si acercamos el microscopio a cada una de esas gotas, comprobaremos que su composición y estructura molecular varía en contacto con cualquier vibración. Y ése es el mensaje de Dos: ningún ruido debe distorsionar nuestra salud física y mental. Ante las primeras señales de alarma, se impone un cambio de música y de paisaje. Esta novela hace temblar el esqueleto y revisa nuestras alas antes de aspirar a ser instructores de vuelo.
 
              Reseña de Teresa Iturriaga Osa
 
 
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Acto de presentación de 2
en LIBRERÍA SINOPSIS (17/11/2017)

 
 
 

 
 
Fotos/ Santiago Gil
 
 
 

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