jueves, 11 de diciembre de 2014

Estación Neptuno
 
Teresa Iturriaga Osa

 
 
 
        Estuvo paseando por las puntillas del mar. Un vestido de agua azul se movía con la brisa cubriendo las rodillas de la arena. La señora Kore veía a la gente en la playa, las familias reunidas en círculo, los enamorados en la orilla, las mesas llenas de niños disfrutando su vida con un espejo de colores, un regalo de risas envueltas en celofán color púrpura, lazos de sueños coronados por el sol, un ornato feliz. Y, sin embargo, ella pensaba que nunca había sido dichosa. Siempre tuvo la sensación de que le faltaba algo... Siempre. Incluso con sus hijos, nunca en plenitud. Siempre añoraba un no sé qué. Esa había sido su sensación desde niña. Por eso se fue de todas partes como alma en pena, sin dar un portazo de corta y rasga, sin atreverse a romper el cascarón, y así se le habían pasado los años... buscando y buscando, y el tren no llegaba y no llegaba. Y no llegaba.
 
        Hasta que, de repente, un día se palpó la voz gracias a Rone.
 
        A base de constantes peleas, amores y celos, desvaríos y locuras, es cierto... sin ninguna perfección, pero así y todo, había recorrido un camino de encuentro hacia ese lamento interior que siempre estuvo allí, rondándole la piel secreta. Se pasó el día desmigando su enfado y bendiciendo a aquel hombre, agradeciéndole a la marea el instante en que le conoció, porque sabía que todas las angustias y penas que le había ocasionado ese contraste, en realidad, no serían sino la antesala del magma que ya brotaba de su ser.
 
        Ahora era otra mujer. Se tocaba más adentro de la pose, alejada del simple formalismo, de la doctrina y de la moral, la señora Kore había aprendido a ser valiente y a apostar muy fuerte. Eso es lo que sentía. Sí, señor. Quería ir a buscarlo al final de la playa y rescatarlo del banco frente a la estatua sumergida del dios Neptuno donde solía sentarse a ver el atardecer. Y quería decírselo muy despacio, con un beso de amor teñido bajo la sombra de las sabinas.
 
        Por todo, por todo, y más allá de todo.
 
 

lunes, 8 de diciembre de 2014


POESÍA

Teresa Iturriaga Osa




Mi cielo
 
 
(A mi madre)
   
                        
Nunca te he escrito un poema
porque en todo poema estás tú.
Bella presencia silenciosa, desgarras
la emoción de mis vocales, perfilas
mis consonantes más prohibidas
con tu fuerza y elegancia, consigues
mantenerme en un cálido equilibrio
gracias a tu impulso de puerta entreabierta
a la risa de mi infancia.
Eres, ¿cómo decírtelo?
Eres la mismísima aurora
que esquivas la debilidad de las nubes
en mi tormenta.
Eres el momento del misterio,
la suave luz que escribe sin manos
en mis espacios de flaqueza.
Respondo a tus preguntas con la duda
mientras tu corazón sigue escuchando el lamento,
el pan de los demás,
la música fértil de la ayuda.
Nunca desfallece tu mariposa.
Me construyes el alma,
expandes su vuelo amable, sensible
cuando me interpelas:
¿que si existe un cielo?,
¿que si existe un infierno?
Eso, ama, todo eso está ahí
al girar la puerta un poco más,
al salirse del camino,
al abandonar la densidad de este último cuerpo
la palidez que soporta el hombre
en los días de su torpe viaje.
Pero yo pienso en ti y pienso en el cielo.
Porque eres azul, amplia y generosa
como una pestaña que se abre y se cierra
en el ojo de Dios.


(8 de diciembre de 2014)



Fotografía: María Del Río